Como si se tratara de un ritual ineludible que marca el inicio de cada enero, las afueras de los grandes almacenes de membresía en Puerto Vallarta y Bahía de Banderas se han convertido nuevamente en el epicentro de una batalla por el «oro de azúcar y acitrón».
Desde las primeras luces del alba, las escenas de carritos desbordados con decenas de cajas de roscas de Costco y Sam’s Club han inundado los pasillos, dejando a su paso estantes vacíos y una creciente ola de indignación entre los clientes que buscaban, simplemente, cumplir con la tradición familiar sin pagar sobreprecios. Este fenómeno de acaparamiento masivo, que parece intensificarse con cada ciclo, ha desplazado el punto de venta de las cajas de cartón azul y blanco de los anaqueles refrigerados a las esquinas estratégicas de la zona urbana y a los grupos de compra-venta en Facebook.
En las principales avenidas de la región, bajo la sombra de palmeras y toldos improvisados, los revendedores ofrecen el codiciado pan a precios que desafían la lógica del mercado, alcanzando hasta 2.5 veces su valor original. Lo que en tienda se adquiere por una fracción razonable, en la calle o a través de entregas a domicilio por redes sociales se oferta en 580 pesos o más, bajo el argumento de la comodidad y la escasez garantizada por los propios acaparadores.
Esta dinámica ha fragmentado la opinión pública en el corazón de la Riviera Nayarit: mientras un sector defiende la práctica como un «emprendimiento» legítimo de quienes invierten tiempo y membresía para obtener una ganancia, una mayoría creciente lo califica como un abuso que desvirtúa el espíritu de la festividad y evidencia la falta de regulación interna en estas cadenas comerciales.
La situación no es nueva, pero este año la viralidad de los conflictos en las filas de cajas ha añadido una capa de tensión a la temporada. En las plataformas digitales, el debate es encarnizado; los memes y las críticas hacia los llamados «nenis» de las roscas se mezclan con publicaciones de venta que se agotan en minutos, demostrando que, a pesar del rechazo social, el mercado de la reventa es un motor económico imparable en la zona.
Así, entre la oferta y la demanda desmedida, Puerto Vallarta y Bahía de Banderas navegan un año más en esta curiosa crisis de Reyes, donde el éxito de la cena del 6 de enero parece depender más de la rapidez del acaparador que de la fe de los devotos, dejando la mesa puesta para que la controversia se repita, sin falta, el próximo calendario.