La retirada de las polémicas esculturas de Álvaro Cuevas en el Malecón de Puerto Vallarta no exhibe solo una controversia estética: pone bajo la lupa, sobre todo, un error doble del Gobierno Municipal. Primero, por haber permitido o impulsado una muestra de alto contenido s3xv4L en un espacio público emblemático sin socialización previa, sin mediación cultural suficiente y sin una advertencia clara para visitantes y familias. Y después, por retirarla con la misma prisa con la que fue instalada, sin reflexión pública, sin defensa argumentada y sin asumir el costo de una decisión que ellos mismos ayudaron a provocar.
Lo más revelador del episodio no es el escándalo moral, sino la hipocresía institucional. En el Malecón, el Centro y sus alrededores, conviven escenas humanas, afectivas y hasta eróticas que para muchos pueden resultar escandalosas (es zona de bares y antros, hay muestras de ‘cariño’ nocturno y gente devolviendo el estómago u orinando en vía pública) pero que forman parte de la vida cotidiana de un destino turístico abierto, relajado y además con ambiente festivo y cotidianamente controversial.
Sin embargo, cuando esas tensiones aparecen convertidas en arte, entonces sí surge el impulso de esconderlas. Se retiran esculturas, pero no se retiran los olores a orina, la suciedad ni otros descuidos del propio paseo. Es más fácil desmontar una obra que sostener una política cultural o limpiar una zona entera.
Si de verdad había preocupación por niñas, niños o turistas sensibles al contenido, existían rutas más inteligentes que el retiro exprés: señalética y delimitación para poder transitar bajo aviso de su existencia, advertencia de contenido para mayores de edad o incluso reubicación parcial. Eso habría sido gestión cultural. Lo que ocurrió fue otra cosa: miedo administrativo, descoordinación y una alarmante fragilidad del casi inexistente aparato cultural municipal, un Instituto Vallartense de la Cultura que no aparece como conductor de debate, sino como testigo mudo de una decisión mal pensada de principio a fin. Esto último es el sello que distingue a la administración de Luis Ernesto Munguía González.
Puerto Vallarta perdió así una oportunidad extraña pero valiosa: colocarse a nivel nacional como una ciudad capaz de discutir arte explícito en el espacio público, cuerpo humano, libertad creativa y sensibilidad social sin caer en el manotazo fácil. De ser viral en redes por estás atrevidas esculturas sin dañar a nadie ni implicar que gente sensible las viera. Lo que quedó no fue una victoria de la moral ni del arte, sino la postal de una gestión cultural improvisada: colocaron sin explicar y retiraron sin defender.
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