En Puerto Vallarta, la antesala rumbo a 2027 volvió a activar una escena ya conocida en el morenismo: muchas manos levantadas, muchas aspiraciones adelantadas y la vieja costumbre de apuntar a la candidatura grande con la esperanza de terminar, al menos, bien acomodados en el reparto político. Morena ya trazó su ruta interna rumbo a la elección intermedia y fijó fechas para seleccionar coordinaciones estatales, distritales y municipales de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación, un proceso que en los hechos sirve para ir perfilando a quienes buscarán convertirse después en precandidaturas formales. Para el ámbito municipal, la fecha difundida es el 21 de septiembre, y esa etapa traza el objetivo de quienes aspiran al cargo por la alcaldía.
En el puerto, el fenómeno no sorprende. Pasa cada tres años: aparece una oleada de perfiles que se sienten listos para gobernar, de la noche a la mañana. Algunos sí pueden presumir experiencia en la administración pública y creen que todavía tienen margen para robustecer un proyecto de gobierno; otros, en cambio, cargan negativos, arrastran antecedentes discutibles o simplemente se rehúsan a jubilarse por dignidad política, como si el desgaste también pudiera maquillarse con discurso de movimiento. El problema no es que existan aspirantes, sino que demasiados confunden ganas con capacidad y cercanía con derecho adquirido. El problema no es que haya demasiados pre-pre-pre candidatos; sino que la fila crece más rápido que la seriedad del proyecto.
En ese terreno también abundan los casos del entusiasmo desbordado: personajes que no logran organizar ni a la gente de su propia cuadra, pero se sienten con estatura para ser regidores, síndicos o alcaldes por simple nostalgia, por historias infladas o por méritos que solo sobreviven en sus propias memorias. O viceversa: personas que por el simple hecho de poseer grandes recursos económicos, creen que pueden comprar o asegurar la candidatura.
Y ahí es donde el morenismo local tendría que ponerse serio, porque Puerto Vallarta no necesita otra ronda de improvisación adornada con consignas, sino cuadros con perfil técnico, experiencia comprobable, trayectoria limpia (pero conocida) y capacidad real para administrar un municipio complejo, turístico, desigual y políticamente muy competido.
Además, la propia dirigencia nacional de Morena ya dejó claro que el proceso interno deberá sujetarse a reglas: no usar espectaculares, no promover imagen con campañas pagadas en medios o redes, no usar recursos públicos, no repartir dádivas y no reventar a otros aspirantes con guerra sucia. Reglas que claramente desde un principio muchos personajes ya han violado.
También se ha insistido, desde la dirigencia, en que la unidad no es un lujo, sino una condición estratégica frente a 2027. Traducido al caso Vallarta: si Morena quiere de verdad disputarle la alcaldía al mal gobierno que está protagonizando el Ayuntamiento del Partido Verde, más le conviene ordenar a sus tribus que seguir simulando que la fragmentación interna se resuelve con fotografías de unidad aisladas y reuniones domingueras.
Porque entre más facciones, más padrinos, más grupos y más aspirantes de ocasión aparezcan, más difícil se vuelve construir una candidatura competitiva y, sobre todo, una propuesta de gobierno creíble. Y más lastimará a la militancia la dirigencia del partido, que a final de cuentas deberá filtrar a los cien aspirantes vallartenses en un proceso interno que, siempre, tiene su costo político.
La verdadera militancia, pero también los ciudadanos que simpatizan con ese movimiento, tendrían que empezar a exigir un perfil nuevo o al menos suficientemente solvente, sin negativos serios y con oficio político y administrativo. De otra manera, el riesgo es repetir la historia de siempre: demasiados levantan la mano, pocos tienen con qué sostener el cargo y al final el partido termina atrapado entre ambiciones personales cuando lo que más necesitaría es organización, disciplina y una ruta clara para 2027.
#PrimeroVallarta TE INFORMA con la verdad