En Ciudad de México se habla de que ni siquiera podrían darle la candidatura a la REELECCIÓN POR BAHÍA
La imagen pública de Héctor Santana empieza a resentir un desgaste que ya no se puede maquillar únicamente con publicaciones en redes sociales, eventos comunitarios, ni regalando tacos, juguetes, pasteles o apoyos entregados bajo reflectores. El alcalde de Bahía de Banderas enfrenta hoy una crisis de reputación que tiene dos puntos sensibles detonantes: el escándalo de Playa Cocinas y la percepción de trato privilegiado hacia desarrollos o intereses de alto nivel económico.
El caso Playa Cocinas no necesita abundarse demasiado para entender su peso político: se convirtió en el episodio que rompió la narrativa de cercanía social que Santana había intentado construir. Mientras comunidades, activistas y ciudadanos cuestionaban el avance de obras en una zona de alto valor público y ambiental, la persecución y amenazas, el Gobierno Municipal quedó colocado bajo una pregunta incómoda: ¿de qué lado está realmente el poder del Ayuntamiento cuando chocan el interés ciudadano y los grandes desarrollos?
Tras documentarse a nivel nacional que el municipio de Bahía de Banderas, encabezado por Santana, autorizó una licencia de construcción para un desarrollo turístico en Playa Las Cocinas por la que se pagaron más de 21 millones de pesos. El impacto fue políticamente demoledor porque contradijo la idea de un alcalde ajeno al conflicto.
Aunque las competencias federales sobre zona marítima, playas y medio ambiente tienen su propia ruta legal, en términos de opinión pública el golpe fue directo: el municipio sí aparece en la ruta administrativa del desarrollo. Y en política, muchas veces no basta con decir “eso no me toca”; cuando hay documentos, pagos y licencias de por medio, la ciudadanía entiende otra cosa.
A ese desgaste se suma la polémica por la condonación de recargos y subsidios fiscales a un campo de golf en Punta de Mita y varios desarrollos en la franja costera, sin más. A petición del alcalde, la mayoría en el Cabildo de Bahía de Banderas avaló la condonación del 100% de recargos y un subsidio de más de 2.3 millones de pesos en actualizaciones fiscales correspondientes a nueve cuentas prediales, a cambio de un pago aproximado de 25 millones de pesos.
Ahí se forma el verdadero problema político para Santana: mientras al ciudadano común se le atiende entre ventanillas lentas, trámites tardados, con filas, recargos y burocracia asediantes, a los grandes intereses se les negocia en paquete. Legalmente podrá argumentarse como una estrategia de recuperación de cartera; políticamente se lee como trato fino para los de arriba y rigor para los de abajo. Y esa percepción, en una región turística marcada por desigualdades, pega fuerte.
La fachada del alcalde dadivoso empieza a caerse porque el contraste es demasiado evidente. Una cosa es regalar, entregar, saludar y posar; otra cosa es gobernar con equilibrio frente a conflictos donde se pone a prueba la prioridad real de una administración. En esa prueba, Santana ya no aparece como el alcalde cercano al pueblo, sino como un político más cómodo con el poder económico, más disciplinado con el gobernador Miguel Ángel Navarro Quintero y más pendiente de sostener su imagen digital que de cuidar su credibilidad territorial.
La maquinaria de redes tampoco le resuelve el fondo. En publicaciones oficiales y afines puede verse una defensa rápida, repetitiva y muchas veces sospechosamente uniforme. Comentarios de apoyo, cuentas falsas que aplauden de inmediato y de funcionarios empujando la narrativa que pueden ayudar a inflar una publicación, pero no sustituyen respaldo real. Los bots no votan. Los likes no caminan colonias. Los comentarios fabricados no defienden una candidatura cuando el desprestigio baja a la calle y sube a las encuestas internas que no se publican.
Y ese es el punto que más debería preocuparle a Santana: su crisis ya no es sólo administrativa, sino electoral. Si su aspiración era proyectarse como figura fuerte rumbo a la gubernatura, Playa Cocinas y las condonaciones le entregan a sus adversarios el argumento perfecto para bajarlo del pedestal. No necesitan inventarle nada; basta con repetir la pregunta que ya circula: ¿es el alcalde del pueblo o el alcalde de los desarrollos?
Dentro de Morena, el golpe puede ser todavía más costoso. Santana carga con la cercanía política al gobernador Navarro Quintero, cuyo grupo no necesariamente atraviesa su mejor momento frente a la estructura nacional morenista. Si además sus rivales han construido mejores relaciones en Ciudad de México, el desgaste del alcalde se convierte en una excusa cómoda para cerrarle el paso: demasiados negativos, demasiada polémica, demasiado costo para defenderlo. La candidatura ya se le cayó en el escenario actual, pero no solo eso. Héctor podría ser el «perro de las dos tortas» y ni siquiera tener segura la reelección, que también le van a competir por Morena.
Incluso si Santana buscara otra ruta partidista, el problema no desaparecería. Cambiar de camiseta no borra la percepción de fondo. Al contrario, podría reforzar la idea de que su proyecto no responde a una causa, sino a la supervivencia política. Y cuando un político empieza a verse más preocupado por dónde será candidato que por explicar cómo gobierna, la conversación pública se le vuelve cuesta arriba.
Héctor Santana todavía puede tener estructura, recursos, funcionarios leales y redes activas. Pero la reputación real no se decreta desde Facebook. Se sostiene en los momentos difíciles. Y hoy, entre Playa Cocinas, licencias millonarias y condonaciones cuestionadas, al alcalde de Bahía de Banderas se le empieza a caer el decorado: mucho aplauso digital, pero cada vez menos autoridad moral para venderse como hombre cercano al pueblo que merece buscar gobernar Nayarit.
Es la realidad aunque le duela a él y a sus bots.
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