Si usted es de los que piensa que la eternidad es un concepto abstracto, lo invitamos a darse una vuelta por el Malecón de Puerto Vallarta. Aquí, las leyes de la física y el tiempo parecen operar bajo una lógica distinta: la de la administración municipal.
Lo que comenzó como una «manita de gato» se ha convertido en un monumento a la desidia y en el icono global de la mediocridad arquitectónica. Lo que son solo unos metros de vialidad de pueblito, parecen requerir el esfuerzo de todo un anillo periférico para poder ver signos de avance.
Empecemos por la joya de la corona: la ampliación de dos cuadras del Malecón junto al Parque Hidalgo. En octubre, con bombos y platillos, se les prometió a los locatarios —quienes tuvieron la osadía de manifestarse— que la tortura de las obras duraría apenas 6 semanas. ¡Hasta lo firmaron en un papel el alcalde y su gabinete!
Hoy, 17 semanas después, la obra sigue ahí, inamovible, como si las piedras se negaran a ser colocadas. A los comerciantes se les entregaron 30 mil pesos para «soportar las afectaciones». Esperamos sinceramente que esos 30 mil pesos tengan propiedades multiplicadoras milagrosas, o que los hayan invertido en la bolsa y ganado utilidades, porque a este ritmo, tendrán que estirarlos hasta la próxima Navidad.
Los huecos, piedras, escombros, máquinas y obreros, siguen ahí trabajando, el tráfico se hace y ya es cotidiano en el Centro. Y la obra, parece no tener final, como las ganas de robar de algunos «servidores públicos» (de no aquí, sino de otro país, no piense mal).
Cruzando hacia el Malecón II, el panorama no es más alentador. Aunque ya presumen «acabados finales», la realidad es que parece una escenografía de película post-apocalíptica con una capa de pintura fresca.
El muro de la playa sigue luciendo tan deteriorado que uno se pregunta si la en realidad lo van a tumbar o se les olvidó, porque ni resando está. Únicamente reemplazaron la plancha de concreto y han colocado nuevas jardineras con espacio para sentarse, dejando el resto de la infraestructura al olvido.
Las estatuas, pedestales y postes, no están abandonados, están en un proceso de «envejecimiento artístico» acelerado por el óxido, las grietas y la mugre. Es fascinante ver cómo una inversión de millones de pesos logra que el mobiliario urbano parezca rescatado de un naufragio, quizás lo están haciendo así para que luzca como pueblo fantasma, nuevo atractivo.
La pregunta obligada es: ¿para qué? Se invirtieron millones en remodelar un Malecón que, a decir de muchos, no estaba mal. Pero claro, ¿qué es una administración sin una obra eterna que heredar? Recordemos que el Malecón II empezó en la gestión pasada; es un proyecto tan «importante» que ha sobrevivido a dos alcaldes y parece que planea sobrevivir a varios más.
¿Será que el Ayuntamiento no tiene prisa? ¿O será que la famosa crisis de liquidez de enero ha hecho que la empresa constructora trabaje al ritmo de una tortuga con reumatismo porque los pagos del gobierno simplemente no le llegan?
Mientras tanto, la imagen del destino sigue por los suelos, los negocios agonizan entre el polvo y los turistas se llevan de recuerdo una foto de una retroexcavadora en lugar de un atardecer.
El emblema de este gobierno, bien podría ser: «en Puerto Vallarta, no es que estemos trabajando lento… es que estamos haciendo que el progreso dure para siempre».
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