La administración de Héctor Santana ha construido buena parte de su imagen pública sobre una narrativa artificial de cercanía personal en torno a las acciones del presidente municipal: la entrega de apoyos, regalos, boletos, comida, pollos, tacos, pasteles, juguetes, pagos puntuales a personas en situación de necesidad y actos de beneficencia difundidos en redes sociales. Ese tipo de gestos puede aliviar la vida de alguien en un momento concreto, y no debe negarse su valor humano cuando una persona recibe ayuda real. Pero una cosa es auxiliar a un ciudadano y otra muy distinta es gobernar un municipio.
La diferencia es de fondo. La beneficencia individual resuelve, en el mejor de los casos, el problema de una persona o de una familia en un momento específico. Pero eso es algo que de hecho, hacen varios personajes que no están en el poder y desde una asociación civil también protagonizan obsequios.
Sin embargo, gobernar, implica resolver problemas colectivos, grandes e históricos: que haya agua en las comunidades, que las ventanillas municipales funcionen, que los trámites no se conviertan en un viacrucis, que el desarrollo urbano tenga orden, que la vía pública no sea tierra de nadie y que las playas sigan siendo accesibles para todos. El presidente municipal no fue electo para actuar como benefactor de casos aislados, ni para hacerla de Teletón, padrino de eventos, animador de niños en hospitales, rescatador de perritos ni andar de candil en las calles; sino para encabezar instituciones capaces de responderle a toda la población, en todo momento.
Ahí es donde la crítica a Santana se vuelve seria y puntual, no guerra sucia como él acusa. Pues el problema no es que entregue una silla de ruedas, apoye a una familia o conviva con ciudadanos regalándoles tacos. La cuestión es que esa estrategia de exposición pública puede funcionar como pantalla mientras los asuntos estructurales de Bahía de Banderas siguen sin solución. Y mucha gente, logra ser engañada con la carcasa del «alcalde que sí trabaja», solo porque regala cosas.
Porque Héctor Santana puede grabarse entregando ayuda todos los días, pero si hay comunidades enteras con varias jornadas sin agua, si las oficinas no resuelven trámites básicos y si la gente sigue esperando respuestas en Padrón y Licencias, Desarrollo Urbano, Seguridad Pública y en OROMAPAS, entonces la imagen de cercanía no alcanza para compensar la falta de gobierno.
Bahía de Banderas no enfrenta problemas menores. Tampoco tiene a una población migajera. Es un municipio sometido a una presión inmobiliaria, turística y demográfica enorme. Por eso requiere autoridad, planeación y capacidad administrativa, no solo presencia digital. Pero la actual burocracia municipal continúa siendo una queja recurrente: ciudadanos que no encuentran respuesta en ventanillas, trámites que avanzan lentamente, permisos poco claros y procesos que parecen depender más de relaciones personales más que de reglas. Cuando un gobierno presume cercanía, pero sus oficinas no funcionan, la cercanía se vuelve propaganda.
El tema del agua exhibe con mayor crudeza esa contradicción. No se puede hablar de un gobierno eficiente mientras comunidades completas reportan falta de suministro durante varios días. El agua no es un favor del alcalde ni una gestión extraordinaria: es un servicio público esencial. Resolverlo no significa llevar una pipa para la foto, sino garantizar infraestructura, operación, mantenimiento, respuesta técnica y comunicación clara. Eso es gobernar en serio.
Lo mismo ocurre con el orden urbano y la vía pública. En localidades como Sayulita y otras zonas turísticas, la falta de control se nota en el uso desordenado de espacios, la presión comercial, la saturación y la ausencia de una autoridad capaz de aplicar reglas sin selectividad. Un municipio turístico no puede depender del carisma de su alcalde; necesita instituciones que pongan límites, ordenen el crecimiento y protejan tanto a residentes como a visitantes.
El caso de playa Las Cocinas terminó por desnudar el tamaño de la deuda. Durante más de un año se habló de abrir y habilitar accesos al mar, pero en los hechos la discusión pública hoy no gira en torno a nuevas playas recuperadas para la gente, sino a una playa en conflicto, con pobladores exigiendo 20 metros libres, maquinaria construyendo un muro de piedra y una obra privada que detonó inconformidad social. El reclamo es claro: la ciudadanía no está pidiendo regalos, está pidiendo que se defienda un bien público.
A esto se suma una señal políticamente delicada: la aprobación de condonaciones de recargos a fraccionamientos o desarrollos de alto nivel económico como Nuevo Vallarta y Litibú, propuesta legalizada en el Cabildo, mientras a familias trabajadoras se les cobra el agua con puntualidad, morosidades y sin tratos equivalentes. Si el Gobierno Municipal muestra flexibilidad con grandes contribuyentes y rigidez con ciudadanos comunes, entonces el discurso de sensibilidad social pierde fuerza. La justicia administrativa también se mide en a quién se le perdona y a quién se le exige.
La crítica, por tanto, no es contra la ayuda social en sí misma. Es contra la sustitución del gobierno por la beneficencia de una figura en torno a la cual todos los directores parecen haber desarrollado un culto ciego sin crítica. Un alcalde no puede reducir su mandato a ser influencer de buenas acciones individuales, porque el cargo exige resolver lo que afecta a miles. Regalar cosas puede producir aplausos; pero arreglar el sistema de agua, transparentar trámites, ordenar el territorio y defender los accesos a la playa produce gobierno.
Héctor Santana proyecta bien. Comunica masomenos con sus videitos de dron de Temu y producciones con exagerada melancolía. Aparece cerca de la gente en las fotos. Se vende bien con ese comentario de: «mándame WhatsApp y lo resuelvo» cuando realmente es otra persona quien atiende esos mensajes.
Pero Bahía de Banderas no necesita únicamente un alcalde visible, necesita un alcalde eficaz. No toda solución puede depender de que Santana comente en Facebook, porque para eso debería tener un gabinete estable (no rotativo) que solucione. La pregunta de fondo es sencilla: ¿de qué sirve regalar apoyos si el municipio sigue atorado en los mismos problemas colectivos? Gobernar no es repartir favores. Gobernar es construir soluciones para todos.
#PrimeroVallarta TE INFORMA con hechos, no palabras.