La estrategia de promoción turística anunciada por el gobernador de Jalisco, Pablo Lemus Navarro, comenzó a asomar sus primeros resultados visibles, y no precisamente con el impacto nacional o internacional que una ciudad como Puerto Vallarta necesita en medio de su desgaste económico, urbano y social. En los últimos días, personal del propio gobierno municipal vallartense, aliado y beneficiario político del Gobierno de Jalisco, empezó a difundir un video del microinfluencer “Hey Jalisco – Arturo RZGR”, en el que realiza un recorrido por el destino y entrevista al mandatario estatal, como muestra de esta nueva apuesta oficial por pagar contenidos en redes sociales para “hablar bien” del puerto.
La pieza difundida confirma, en los hechos, lo que ya había generado polémica desde que Lemus lo dijo abiertamente: su intención de privilegiar pagos a influencers en lugar de fortalecer campañas tradicionales de promoción en medios de comunicación consolidados, nacionales e internacionales, que durante décadas han sido una vía real para posicionar a Puerto Vallarta en mercados clave. El problema no es solamente el tono ligero, superficial o francamente frívolo de este tipo de materiales, sino la duda de fondo: cómo se supone que un perfil con poco más de 200 mil seguidores, con audiencia predominantemente jalisciense, va a convertirse en motor serio de recuperación turística para un destino que vive una de sus etapas más delicadas.
Porque el punto de quiebre está ahí. Puerto Vallarta no enfrenta una crisis de falta de reels simpáticos ni de paseos grabados con dron y sonrisas ensayadas. Lo que enfrenta es una caída evidente en la actividad económica turística, un Malecón cada vez más golpeado por la falta de ventas, una percepción creciente de encarecimiento, molestias sociales por el alza general de impuestos municipales, calles deterioradas, basura acumulada en diversos puntos y problemas persistentes de agua. Pretender que ese escenario se revierte con videos de chavos que apenas son conocidos fuera de su cuadra, no solo luce desconectado de la realidad, sino hasta ofensivo para quienes viven del turismo y hoy ven cómo sus ingresos se desploman.
Más aún, la lógica política detrás del discurso del gobernador tampoco ayuda. Su llamado a “hablar bien” de Puerto Vallarta y a dejar de difundir lo malo no fue leído por pocos como una invitación a maquillar la realidad. Y ahí está el fondo del malestar: una cosa es promover un destino, y otra muy distinta pretender censurar o descalificar la crítica cuando la ciudad atraviesa problemas visibles que no se resuelven ocultándolos. Callar lo malo no genera turismo; corregirlo, sí. El visitante no regresa porque le escondan la basura, los baches o la crisis de servicios, sino porque encuentra una ciudad funcional, competitiva, limpia, segura y atractiva.
Por si faltara un ejemplo del rumbo errático, Lemus presumió también como caso exitoso de promoción la visita del exfutbolista Roberto Carlos, cuyo costo sigue sin transparentarse y cuyo rendimiento mediático, hasta ahora, es bastante cuestionable. Lejos de convertirse en una vitrina efectiva para Puerto Vallarta, el exjugador ni siquiera habría colocado al destino en el centro de su narrativa digital, ni difundido contenidos relevantes en sus propias redes sobre el puerto. En términos prácticos, más que promoción, pareció un paseo caro. Y ese es justamente el riesgo de esta ruta: que mientras el gobierno invierte en influencers de ocasión y figuras rentadas de relumbrón, Vallarta siga esperando la estrategia seria, binacional y de gran alcance que verdaderamente necesita para dejar de sobrevivir a base de ocurrencias.
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