Las primeras mediciones recabadas entre restauranteros, vendedores, prestadores de servicios turísticos y habitantes cuya economía depende directa o indirectamente de la llegada de visitantes encendieron una nueva señal de alarma en Puerto Vallarta: la temporada vacacional comprendida entre Semana Santa y Semana de Pascua habría registrado este año una afluencia muchísimo menor a la del año pasado, cuando ya entonces se hablaba de una baja histórica para el destino. De acuerdo con estos primeros reportes del sector, la percepción generalizada apunta a una caída de entre 30 y 40 por ciento respecto al mismo periodo de 2025.
La lectura que hoy se repite en corredores comerciales, restaurantes, joyerías, playas, malecones y puntos de servicios turísticos no es la de una simple desaceleración, sino la de una temporada francamente débil para una ciudad que vive, en buena medida, del turismo. “Estuvo muerto, hemos tenido más ventas en fines de semana normales”, dijo una locataria de una joyería del centro que pidió mantener el anonimato. La frase resume con crudeza el ambiente reportado por distintos actores económicos: menos flujo peatonal, menor consumo, ventas más lentas y una ocupación comercial que no alcanzó el dinamismo que normalmente se espera en los días más rentables del calendario vacacional.
Lo delicado del caso es que esta percepción no surge después de una temporada fuerte, sino tras un antecedente ya preocupante. El año pasado, empresarios y comerciantes ya advertían una Semana Santa y de Pascua con números flojos y comportamiento atípico. Que ahora el propio sector perciba un nuevo retroceso, todavía más severo, coloca a Puerto Vallarta ante un problema que ya no puede maquillarse con discursos optimistas ni con balances complacientes. Cuando una ciudad turística empieza a normalizar temporadas malas sobre temporadas peores, lo que está en juego no es solo el cierre de caja de unos cuantos negocios, sino la estabilidad de toda una cadena económica que abarca empleo, proveeduría, transporte, comercio informal, hospedaje y servicios.
En ese contexto, las críticas también han comenzado a concentrarse en la ausencia de una estrategia pública seria para sostener y recuperar la competitividad turística del destino. Entre voces del sector persiste la acusación de que la Dirección de Turismo municipal se ha vuelto una oficina costosa e intrascendente, incapaz de traducir su existencia en campañas reales de promoción, posicionamiento o atracción de visitantes. A ello se suma la inconformidad con la conducción estatal de la política turística, percibida por algunos actores como una serie de experimentos sin sustento claro, mientras Puerto Vallarta pierde impulso frente a destinos vecinos que sí parecen tener una narrativa de mercado, una coordinación institucional más eficaz y una presencia promocional más visible, como ocurre con la Riviera Nayarit.
La crítica de fondo no es menor: para una parte del sector, el gobierno municipal de Luis Ernesto Munguía ha mostrado un interés nulo en la promoción turística de Puerto Vallarta, mientras que desde el ámbito estatal el mensaje político más visible ha sido llamar a “hablar bien” del destino e ignorar los problemas estructurales. Pero pedir silencio o repartir optimismo no equivale a hacer promoción turística. La promoción exige planeación, campañas, inteligencia de mercado, coordinación con empresarios, recuperación de confianza, atención urbana, seguridad, imagen pública y una estrategia clara para reposicionar al destino. Sin eso, Puerto Vallarta corre el riesgo de seguir perdiendo terreno justo en el sector que sostiene buena parte de su economía.
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