Puerto Vallarta vivió este domingo 8 de marzo una de las movilizaciones feministas más numerosas que se recuerden en la ciudad. Miles de mujeres —alrededor de tres mil, según estimaciones de las propias participantes— tomaron las calles y caminaron juntas por el malecón en una marcha que, a diferencia de otros años, mostró una participación significativamente mayor y más diversa.
Desde tempranas horas comenzaron a reunirse grupos de mujeres de distintas edades, colectivos, estudiantes, madres de familia, trabajadoras, activistas y ciudadanas que, sin necesariamente pertenecer a una organización, decidieron sumarse a una causa que cada año cobra más fuerza. Vestidas con tonos morados y verdes, muchas portaban pancartas con consignas contra la violencia de género y exigencias de justicia.
La escena fue clara: el malecón de Puerto Vallarta quedó prácticamente lleno durante varios momentos del recorrido. A diferencia de movilizaciones anteriores, esta marcha no fue solo una concentración simbólica. Fue un mensaje colectivo que reflejó el crecimiento de una conciencia social que ya no se limita a pequeños círculos activistas.
La indignación de las manifestantes no surge en el vacío. En los últimos meses, casos de violencia contra mujeres han sacudido a la opinión pública local, entre ellos el que ha generado mayor conmoción social: el caso de Clarisa, que se ha convertido en uno de los símbolos recientes del reclamo ciudadano ante lo que muchas mujeres consideran indiferencia institucional para atender la violencia de género o la minimización de mujeres que son víctimas de accidentes o situaciones
Durante el recorrido se escucharon consignas que reclamaban acciones reales de prevención, atención y justicia, no solo discursos. Varias manifestantes señalaron que la preocupación no se limita a los casos más visibles, sino a una realidad más amplia que reflejan las estadísticas.
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Los registros oficiales y de organizaciones civiles coinciden en algo: la violencia contra las mujeres sigue siendo un problema persistente en el municipio, desde agresiones domésticas hasta desapariciones y feminicidios que, cuando ocurren, sacuden profundamente a la comunidad. Para quienes marcharon este domingo, el mensaje es claro: no se trata únicamente de protestar, sino de exigir condiciones básicas de seguridad y dignidad.
En las escalinatas y plazas donde se concentraron las asistentes se pudo observar algo que también distingue esta movilización: la presencia de varias generaciones juntas. Madres con hijas, jóvenes estudiantes, mujeres adultas mayores, niñas que acompañaban a sus familias. La marcha no fue solo una protesta; también fue un espacio de encuentro y de solidaridad entre mujeres que comparten preocupaciones similares. En ese sentido, más que una simple movilización anual, la marcha de este año parece marcar un punto de crecimiento del movimiento feminista en Puerto Vallarta.
El aumento en la participación refleja algo que ya se percibe en distintos sectores de la sociedad: cada vez más mujeres están dispuestas a alzar la voz frente a situaciones que durante mucho tiempo fueron normalizadas o ignoradas. La exigencia que se escuchó durante toda la jornada es sencilla en su esencia, aunque compleja en su solución: vivir sin miedo.
Y si algo quedó claro este 8 de marzo es que las mujeres de Vallarta, provenientes de distintos barrios, profesiones y formas de pensar, coinciden en algo fundamental: la causa de exigir una vida libre de violencia no es una consigna radical, sino una demanda profundamente justa. Una demanda que, como quedó demostrado en el Malecón lleno, cada vez reúne a más voces.
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