A juzgar por las propias encuestas que han circulado en las últimas semanas, al alcalde de Puerto Vallarta, Luis Ernesto Munguía, ya comenzó a llegarle la cuenta de cobro político de su administración. Y no precisamente en sobre cerrado, sino en números cada vez más difíciles de maquillar. Entre mediciones de aprobación, percepción de confianza e intención de voto por partido, el balance que dejan los sondeos —realizados por casas encuestadoras como Demoscopia Digital, Massive Caller, Rubrum y Mitofsky— es el de un gobierno que, a año y medio de haber arrancado, lejos de consolidarse, parece entrar en una pendiente descendente que ya no se puede esconder con publicaciones optimistas o rankings a modo.
La caída más clara aparece en el tracking mensual de aprobación de Demoscopia Digital. Ahí se observa una trayectoria que arranca en 68.5 por ciento en octubre de 2024, baja a 67.3 en noviembre, 66.3 en diciembre, tiene un ligero respiro en enero de 2025 con 68.7, pero después comienza un desgaste persistente: 64.9 en febrero, 65.3 en marzo, 62.8 en abril, 64.2 en mayo, 65.6 en junio, 63.1 en julio, 62.8 en agosto, 63.9 en septiembre, 60.9 en octubre, 57.5 en noviembre, 52.1 en diciembre y finalmente 47.3 en enero de 2026. Es decir, en poco más de un año pierde 21.2 puntos de aprobación. No es un tropezón, no es una “variación normal”, no es un detalle demoscópico: es una caída en toda forma. Dicho de otro modo, la luna de miel se acabó y lo que siguió no fue precisamente un matrimonio feliz con la opinión pública.
Y si alguien intentara consolar al gobierno con que “una encuesta no hace verano”, ahí están otras mediciones que van en el mismo sentido. En el ranking de alcaldías de Jalisco sobre percepción de confianza elaborado por Massive Caller, Puerto Vallarta aparece con apenas 18.3 por ciento, colocado al fondo de los municipios mostrados. Mientras Zapopan figura con 41.2 por ciento, Tlajomulco con 36.4, Guadalajara con 36.0, El Salto con 34.9, Tonalá con 28.8 y San Pedro Tlaquepaque con 26.7, Vallarta queda rezagado. Es decir, no se trata sólo de una baja en aprobación genérica, sino de una erosión en algo más delicado: la confianza. Y cuando un alcalde pierde confianza, pierde también margen político, credibilidad pública y capacidad para pedir paciencia cada vez que algo sale mal, que en este caso ya parece rutina administrativa.
Hasta en la encuesta que el propio entorno del alcalde presume como salvavidas hay más motivos para la cautela que para el aplauso. En el ranking de alcaldes en destinos turísticos difundido por Mitofsky para Alcaldes de México, correspondiente a febrero de 2026, Munguía aparece con 55.0 por ciento de aprobación y en la posición 26 nacional dentro del segmento evaluado. A primera vista suena decoroso, pero el dato pierde brillo cuando se contrasta con la narrativa triunfalista con la que suele difundirse. Porque si la encuesta más amable lo coloca apenas en 55 por ciento, eso significa que ni siquiera en su mejor vitrina aparece realmente sólido. Más aún, si otra serie lo pone ya en 47.3 por ciento y una medición estatal de confianza lo manda al sótano con 18.3 por ciento, entonces la foto completa no es la de un alcalde fuerte, sino la de un gobierno parchado con propaganda mientras la percepción real se le va desfondando.
El problema para Munguía es que la caída sí tiene explicación política y social. La ciudadanía le ha venido señalando, de manera cada vez más puntual, el desorden en el servicio de basura, la falta de presencia pública y de posicionamientos claros en momentos de crisis graves, la sensación de falta de liquidez en el Ayuntamiento por falta de pagos, los cuestionamientos sobre malas finanzas, el deterioro de calles y baches, y además los conflictos internos con su propio equipo prácticamente desde el arranque del gobierno. Cuando una administración acumula fallas operativas, ruido interno y desconexión pública, las encuestas dejan de ser un ejercicio estadístico y se convierten en espejo del desprestigio.
También en la intención de voto aparecen señales de debilidad. En la medición de Massive Caller del 12 de febrero de 2026, Morena encabeza con 34.3 por ciento, seguido por PAN con 14.4 por ciento, Movimiento Ciudadano con 12.4, PRI con 10.3, PT con 6.6 y el PVEM con apenas 3.7 por ciento, mientras 18.3 por ciento de los encuestados aún no decide. En la encuesta de Rubrum del 27 de febrero de 2026, las cifras también son poco cómodas para el grupo político del alcalde: Morena aparece con 31.5 por ciento, Movimiento Ciudadano con 14.6, PAN con 12.3, PVEM con 9.2, PRI con 5.9, mientras el bloque de aún no decide sube hasta 26.6 por ciento. Aunque son encuestas distintas y no deben compararse como si fueran idénticas, ambas coinciden en algo importante: el bloque político asociado al alcalde (Partido Verde) no aparece dominante ni mucho menos cómodo, mientras Morena conserva la primera posición en preferencia partidista. Eso significa que, además del desgaste de imagen, existe ya una vulnerabilidad electoral.
Y aquí conviene detenerse en un punto incómodo para el oficialismo local: cuando un alcalde todavía está relativamente temprano en su administración y ya aparece por debajo de 50 por ciento en una medición de aprobación, tan abajo en percepción de confianza y sin una fuerza partidista propia claramente competitiva en intención de voto, lo que hay no es un simple bache de popularidad, sino una advertencia política seria. Sobre todo porque falta tiempo para gobernar, sí, pero también falta tiempo para que el desgaste continúe si no cambian las condiciones que lo provocaron. Las encuestas, por sí mismas, no deciden una elección ni dictan todo el juicio ciudadano, pero sí muestran tendencias. Y la tendencia de Munguía, vista en conjunto, no sube: cae.
La ironía es que mientras más se intenta vender la idea de que todo marcha sobre ruedas, más evidente resulta que el vehículo va botando piezas. Puerto Vallarta sigue escuchando promesas, anuncios, mensajes de control y publicaciones cuidadosamente seleccionadas, pero la gente parece estar respondiendo con una pregunta mucho más pedestre: si todo va tan bien, entonces por qué se siente tan mal. Por qué siguen los problemas de basura, por qué las calles siguen rotas, por qué el Ayuntamiento proyecta fragilidad financiera, por qué hay silencio en momentos donde se espera liderazgo y por qué, encima de todo, las fricciones internas parecen comenzar donde debería haber coordinación.
Al final, los números retratan lo que muchos ciudadanos ya ven en la vida diaria: un gobierno que comenzó con capital político considerable y que lo ha ido gastando a velocidad preocupante. De 68.5 a 47.3 en aprobación según Demoscopia Digital; 18.3 en confianza en el ranking de Massive Caller; 55 por ciento en la medición de Mitofsky; y en intención de voto, 34.3 para Morena y apenas 3.7 para el PVEM en Massive Caller, así como 31.5 para Morena frente a 9.2 para el PVEM en Rubrum, con un voluminoso 26.6 por ciento de indecisos en esa misma medición. La lectura es difícil de endulzar. A Luis Ernesto Munguía no lo están tumbando sus adversarios; lo está empujando el desgaste de su propio gobierno. Y cuando la factura pública empieza a cobrarse en encuestas de esta forma, generalmente no es porque la ciudadanía esté confundida, sino porque ya empezó a sacar cuentas y decidió que mejor, venga el siguiente (y que sea distinto).
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