En un despliegue de «visión estratégica» que dejaría ciego a cualquiera, el Gobierno de Puerto Vallarta —bajo la batuta de Luis Munguía— ha decidido que el mejor socio comercial y cultural para nuestra joya del Pacífico es, nada más y nada menos, que un régimen en fase terminal.
Mientras el Gobierno de México finalmente dobla las manos ante las presiones de Washington y Claudia Sheinbaum ordenó cortar el suministro de petróleo a la isla, en el Ayuntamiento vallartense parecen vivir en una realidad alterna donde el «bloqueo» no existe y las dictaduras son el socio ideal.
Pensándolo bien, quizá estamos siendo muy duros con el síndico Francisco Sánchez Peña, autor de esta propuesta aprobada por el Cabildo. Tal vez su «grandísima ideota» de hermanarnos con La Habana no es por falta de percepción de l realidad, sino por un exceso de honestidad visual.
Al observar el abandono en el que tienen a Puerto Vallarta, el hermanamiento cobra un sentido trágico: parece que la meta de esta administración es que Vallarta y La Habana sean indistinguibles.
¿Para qué buscar destinos modernos cuando podemos hermanarnos con una ciudad que, como la nuestra en meses recientes, sufre de edificios deteriorados, calles llenas de basura, falta de mantenimiento crónico y zonas que parecen campo de guerra?
Si el plan de Luis Munguía es convertir nuestras calles en un catálogo de baches, fachadas cayéndose y rincones olvidados por la mano de Dios (y de Servicios Públicos), entonces La Habana es, efectivamente, el espejo perfecto donde este gobierno se quiere mirar.
El timing es, por decir lo menos, exquisito. Sánchez Peña propone esta alianza justo cuando el régimen cubano agoniza sin combustible y ya no hay vuelos comerciales, y con las calles convertidas en vertederos, con políticos cubanos preparando su escape ante una eventual caída o derrocamiento de la dictadura por obra de Estados Unidos, así como pasó en Venezuela.
Pero claro, para un vallartense que ya se acostumbró a esquivar cerros de desechos en las esquinas de su colonia gracias a la ineficiencia municipal, ver la basura de La Habana no será un choque cultural, sino un sentimiento de «hogar, dulce hogar».
Mientras las aerolíneas cancelan vuelos a la isla por falta de turbosina y el turismo de Cuba terminó, el Gobierno Municipal prefiere distraerse en estas payasadas diplomáticas en lugar de fortalecer su promoción que ha sido inexistente desde hace años, en los mercados canadiense y estadounidense que ya tiene seguros de antaño.
Hoy, como los cubanos, los vallartenses buscan desesperadamente un lugar con luz, transporte y, sobre todo, una administración que no esté jugando a la «revolución» de pacotilla.
Menos «hermandad» con el fracaso y más seriedad con el destino. Si quieren ver edificios cayéndose y basura acumulada, no necesitan ir a Cuba; les basta con darse una vuelta por las colonias que tienen abandonadas aquí mismo.
#PrimeroVallarta TE INFORMA con seriedad