La palabra «gobierno» tiene raíces profundas. Proviene del latín gubernare, que significa guiar o dirigir, y este a su vez del griego kybernétes, refiriéndose al timonel de una nave. Gobernar, en su esencia etimológica, es tomar el timón y conducir la nave de un estado o provincia hacia buen puerto, asegurando el bienestar de su tripulación: los ciudadanos.
Sin embargo, en Puerto Vallarta, la administración del Partido Verde parece haber abandonado el timón, dejando la nave municipal a la deriva en un mar de negligencia y crisis autoinfligidas.
La realidad financiera del municipio es un insulto a la lógica. A pesar de haber aprobado un presupuesto histórico para el ejercicio del 2026 por más de 3 mil 100 millones de pesos, la administración arranca el año con la soga al cuello. Resulta inconcebible que, con semejante cantidad de recursos, el gobierno se declare incapaz de cubrir necesidades básicas, cayendo en una virtual quiebra técnica que le impide pagar a proveedores esenciales.
El ejemplo más pestilente es la recurrente crisis de la basura, donde deudas millonarias con la empresa recolectora han dejado a la ciudad sumida en la inmundicia en pleno inicio de año.
¿Dónde está el dinero? La respuesta parece evidente al revisar las prioridades presupuestales.
El gobierno verde se ha ensimismado, engordando una nómina obesa de gerentes, asesores y operadores políticos que no parecen servir más que para cenar en La Vaca Argentina e ir a fiestas de gala en antros y establecimientos de la Zona Romántica. Más de mil millones de pesos se destinan al rubro de servicios personales en el presupuesto, evidenciando una administración que opera para alimentarse a sí misma y a su estructura clientelar, en lugar de gestionar y operar para la ciudadanía.
Pero el abandono de funciones no es solo una cuestión contable, tiene consecuencias humanas desgarradoras. El reciente «Caso Clarisa» desnudó la insensibilidad y la ausencia total de liderazgo en el Ayuntamiento, dónde nadie fue capaz de dar una respuesta por más de 15 dias.
Mientras la ciudadanía protestaba indignada por la muerte de una joven madre a manos de un irresponsable, y la percepción de impunidad y negligencia hacia las autoridades municipales crecía, las calles eran bloqueadas y la industria turística colapsaba junto al tráfico; el Gobierno brillaba por su ausencia, apostándole a que pesaría más el cansancio de los manifestantes por estar de pie en la avenida que el cansancio social hacia el Gobierno del Bien. No pasó así.
La victoria de los manifestaciones en el caso Clarisa obligó al Ayuntamiento a enviar a algún gato, a ofrecer una pedorra rueda de prensa, a proponer una beca al hijo de Clarisa, pero solo después de que la crisis era incontenible. Solo después de tener a pocos metros el iceberg, el Titanic quiso navegar con precaución. Pero se hundió.
La falta de autoridades competentes durante la crisis generó caos y desesperación, confirmando un vacío de poder alarmante. No existe quien pueda escuchar, quien pueda actuar, ni quien pueda garantizar que los funcionarios públicos hagan su trabajo. Hay un vacío de poder como si la Presidenncia estuviera totalmente abandonada, sin nadie trabajando. Cómo que todo funciona de manera automática, pero mal.
La desidia se refleja en cada rincón. El Malecón, joya turística que alguna vez fue motivo de orgullo y postales internacionales, hoy muestra signos de un olvido preocupante, con mala imagen y riesgos latentes porque el Ayuntamiento no tiene para pagar la obra y esta se encuentra detenida.
Es la metáfora perfecta de un gobierno que ha dejado de dirigir el barco, de guiar, y se autorenuncia, sin dejar de cobrar. La administración del Partido Verde ha soltado el timón, ocupada en sus propios intereses, mientras la nave de Puerto Vallarta navega peligrosamente hacia el iceberg de la basura, la impunidad y el abandono.
La situación de Puerto Vallarta evoca inevitablemente aquel pasaje que José Joaquín Fernández de Lizardi rescató en su obra cumbre «El Periquillo Sarmiento». El Ayuntamiento hoy camina desnudo de prestigio, de ética y de resultados, pero su robusta «nómina verde» —esos modernos cortesanos que viven del erario— se empeña en revestirlo con el ropaje invisible de la adulación.
Como bien describe el autor en El Periquillo Sarniento, aludiendo a la ceguera voluntaria ante el poder, pero en vez del rey, con el tucán:
«…como aquel Tucán del cuento, que salió en público muy orondo y en cueros, creyendo que iba muy bien vestido con la tela que le habían fingido los tres charlatanes, asegurándole que no la vería sino el que fuera hijo legítimo de su padre… todos los cortesanos celebraban el buen gusto del Tucán y la hermosura de su traje, porque ninguno quería pasar por bastardo».
El tucán, en realidad, estaba desnudo y todos se burlaban de él en cuanto pasaba.