Puerto Vallarta tiene alcalde en el oficio, pero en la práctica, la silla luce vacía. Posee un presidente municipal en los eventos formales, aunque en los momentos de crisis parece ser una persona sin voz. Luis Ernesto Munguía González, presidente municipal surgido del Partido Verde, ha construido una forma de presencia pública que funciona bien para el corte de listón, la fotografía institucional, el evento con discurso preparado y el saludo de protocolo; pero cuando la ciudad se enfrenta a problemas graves, su figura se diluye hasta quedar convertida en una sombra administrativa. No es que no exista gobierno, es que falta conducción política. Y en política, cuando el mando calla, el vacío también gobierna.
El fenómeno ya se volvió patrón: ocurre una crisis, crece la molestia ciudadana, aparece el reclamo en colonias, gremios y sectores, la furia prolifera en redes sociales, y el alcalde no sale de frente. En su lugar, acude un funcionario cuando ya es extrema la situación, se difunde un comunicado varios días más tarde, se publica un boletín institucional de dos hojas o se deja que alguna dirección municipal absorba el costo público.
La respuesta llega, pero llega tarde, fragmentada y sin el peso político de quien pidió el voto para encabezar el municipio. Como dice el refrán, al gallo fino se le conoce en la pelea, no en la percha”; y en Vallarta, Munguía nomás parece ser más gallina, porque huye y nunca entra al palenque de los pleitos que como ejecutivo municipal tiene obligación de atender.
Uno de los episodios más evidentes fue la crisis de Clarisa. El alcalde jamás salió a dar la cara, sino que envío a personeros. En el tema de la basura, lo mismo: escándalo, y nunca hubo un pronunciamiento directo, todos los ciudadanos se enteraron que no habría recolección a través de un boletín de la empresa a la que no le habían pagado.
¿22 de febrero? ¿Inseguridad en Puerto Vallarta? ¿Mujeres halladas sin vida? ¿Falta de agua por 5 días? ¿Otra vez manifestación de trabajadores de la basura por falta de pago? ¿Baja extrema de turistas y quiebre masivo de negocios?
Ninguno de estos temas ameritó jamás, ya no digamos una rueda de prensa o un vídeo dando una respuesta, explicación o mensaje de calma a la ciudadanía. Sino que ni siquiera un miserable posteo de Facebook, por parte del alcalde.
Cuando la ciudad vive miedo, el silencio no es prudencia: es abandono simbólico. Cuando hay familias dolidas, mujeres indignadas y colonias que sienten que la inseguridad se acerca cada vez más, un presidente municipal no puede limitarse a permitir que una dependencia emita un comunicado. La autoridad debe dar la cara. No para invadir investigaciones estatales o judiciales, sino para decirle a la población que hay gobierno, que hay coordinación, que hay prioridad, que existe interés, y que el dolor social no será tratado como trámite de oficina.
En política hay una máxima no escrita: el gobernante no sólo administra, representa. Representa tranquilidad cuando hay miedo, certeza cuando hay confusión, responsabilidad cuando hay enojo. Por eso resulta tan costoso que Luis Ernesto Munguía parezca elegir el silencio cada vez que la coyuntura se vuelve incómoda. Un alcalde puede delegar funciones, pero no puede delegar el rostro del poder. Puede enviar funcionarios, pero no puede mandar a otros a cargar siempre con el problema absoluto. Porque quien sólo aparece en la fiesta y no en la tormenta termina pareciendo invitado, no capitán.
Sí Luis Ernesto Munguía teme a las críticas, con la pena, no debió haber nunca contendido para ser presidente municipal. Porque «si no aguantaba la silla, no debió pedir el caballo».
La crítica ciudadana se alimenta también de su manejo de redes sociales. En su página personal, el alcalde suele mostrarse en actos públicos, eventos institucionales, recorridos programados y publicaciones compartidas del Gobierno Municipal. La comunicación parece más pensada para mantener una agenda limpia que para enfrentar la realidad sucia de una ciudad con problemas. Se proyecta actividad, pero no necesariamente conducción. Se publica movimiento, pero no necesariamente respuesta.
El problema de fondo no es que un alcalde hable todos los días, ni que convierta cada crisis en espectáculo. Nadie pide sobreactuación. Lo que se reclama es presencia política. Una ciudad como Puerto Vallarta, con alta exposición turística, crecimiento urbano acelerado, problemas de servicios, tensiones de seguridad y una ciudadanía cada vez más exigente, necesita un presidente municipal que sepa hablar cuando se debe hablar, no sólo cuando el micrófono está cómodo.
Luis Ernesto Munguía González parece cómodo en el protocolo, pero incómodo en la crisis. Habla cuando el evento ya trae guion, cuando hay podio, cuando hay aplauso, cuando la escenografía está controlada. Pero cuando la agenda se rompe por basura, agua, inseguridad, retrasos de obra, manifestaciones o enojo ciudadano, aparece el mutismo. Y la política aborrece el vacío: si el alcalde no habla, otros llenan el espacio con indignación, sospecha o desconfianza.
Probablemente Munguía no quiera enfrentar desgaste frontal, por eso manda personeros y gerentes a que sean los que reciban los tomatazos. Pero que tenga en cuenta «al que le queda grande el sombrero, hasta el viento se lo tumba».
Puerto Vallarta no necesita un presidente de ornato ni un administrador de fotografías. Necesita una autoridad que salga a decir qué está pasando, qué se está haciendo, quién falló, cuánto costará corregirlo y cuándo habrá resultados. La ciudadanía no espera perfección, pero sí espera carácter. Porque en tiempos difíciles, el silencio no protege al gobernante: lo desnuda.
Hoy, la imagen que empieza a consolidarse es la de un presidente municipal políticamente mudo y socialmente ausente. Resultado: un gobierno sordo que aunque oiga, no escucha las demandas de la sociedad y no soluciona absolutamente nada.
Un alcalde que aparece para inaugurar, pero no para explicar; que acompaña eventos, pero procesos; que se deja ver en la comodidad del reflector, pero se borra cuando la ciudad exige palabra firme. Y en la historia política local, esa combinación suele salir cara: porque los pueblos pueden perdonar errores, pero rara vez perdonan que los dejen hablando solos.
Finalmente: ahora que viene el Mundial, sería bueno analizar al alcalde con perspectiva futbolera: “Luis quiso jugar de delantero en la campaña, pero en el gobierno de portero y NO PARA NI UNA».
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