Las declaraciones de Francia Cortés, directora municipal de Turismo de Bahía de Banderas nombrada personalmente por el alcalde Héctor Santana, colocaron a la funcionaria en el centro de la polémica luego de que expusiera una estrategia de promoción turística basada en su imagen personal, pasarelas y contenido aspiracional desde destinos como Punta de Mita y Sayulita. La controversia no surgió sólo por el tono de sus palabras, sino porque fueron pronunciadas apenas a unos 15 días de haber asumido el cargo, en medio de cuestionamientos sobre si el municipio requiere una política turística seria e integral o una campaña de autopromoción disfrazada de estrategia institucional.
En entrevista, Cortés afirmó: “Estoy trabajando en una estrategia de posicionamiento para Bahía de Banderas; hacer videos y contenidos, pero no va a ser un contenido normal. Lo tenemos que hacer viral en este mundo de belleza”. La frase, por sí sola, revela una visión discutible de lo que significa posicionar un destino. Porque promover un municipio no es convertirlo en pasarela, ni reducirlo a estética, likes y aspiración visual. Un gobierno puede aprovechar herramientas digitales, sí, pero una dirección de Turismo no puede confundirse con una agencia de imagen personal ni con una plataforma de influencer institucional.
La parte más delicada llegó cuando explicó el tipo de contenido que pretende producir: “Nos estamos ahorrando dinero en pauta publicitaria porque ahí me van a ver en Punta de Mita en traje de baño modelando y viviendo la experiencia; viviendo el lujo”. Luego añadió: “después me van a ver en Sayulita, me van a ver haciendo otra pasarela pero luego también vamos a poner clips de que estoy surfeando”. Más que una estrategia turística, lo que describió parece un plan de exposición personal donde el municipio funciona como escenografía y la funcionaria como rostro central del producto. El problema no es que Francia Cortés venga del mundo del modelaje; el problema es que una responsabilidad pública no puede presentarse con semejante frivolidad sin abrir dudas sobre la seriedad de la oficina que encabeza.
La polémica crece todavía más cuando la propia funcionaria remata su idea con una frase que terminó de encender las críticas: “vean a una reina de belleza ¿no? Porque digo, vamos a posicionar a Bahía de Banderas pero también le tenemos que dar contenido a los fans”. Allí está la confusión de fondo. Una política de promoción turística debe responder a objetivos públicos, no a la lógica de “los fans”. Debe hablarle a mercados, inversionistas, visitantes potenciales, segmentos de viaje, rutas, ocupación, conectividad y experiencia de destino. Cuando la directora habla en clave de fandom, glamour y exposición corporal, el cargo pierde densidad institucional y gana un aire de espectáculo que difícilmente puede defenderse como política pública seria.
El ruido no termina allí. Francia Cortés también declaró: “soy estratega, soy mercadóloga y vamos a dar mucho contenido, mucho rostro, mucha pasarela, mucho cuerpo, cabello y todo lo que pidan”. Esa expresión, más allá de su tono provocador, refuerza la percepción de que su propuesta descansa más en una fórmula de certamen que en una visión integral del turismo. Bahía de Banderas necesita promoción, por supuesto, pero también necesita infraestructura, limpieza, ordenamiento, preservación ambiental, seguridad, manejo de imagen urbana, atención a prestadores de servicios y defensa del espacio público. Ninguna de esas tareas se resuelve con “mucho cuerpo” o “mucha pasarela”.
La controversia toma un cariz todavía más incómodo porque, casi al mismo tiempo, se anunció su participación en el certamen Miss Grand International All Stars en Tailandia. Es decir, una funcionaria recién nombrada ya anticipaba ausentarse varios días del cargo para competir como modelo, bajo la idea de que desde allá promoverá a Bahía de Banderas. El argumento suena débil. No sólo porque el municipio requiere presencia y trabajo desde el primer día, sino porque la noción de que Tailandia será una gran plataforma natural para posicionar a Bahía de Banderas parece más un recurso discursivo que un planteamiento respaldado por inteligencia real de mercado. Tailandia juega en otra escala turística, con una marca internacional infinitamente más consolidada.
Y hay un ángulo todavía más áspero: la hipocresía del discurso oficial. Mientras la directora plantea vender Punta de Mita como postal de lujo, pasarela y experiencia aspiracional, esa misma zona se encuentra atravesada por reclamos sociales por playas cada vez más restringidas, inconformidades por el acceso público y tensiones derivadas de obras y procesos que muchos habitantes leen como privatización de facto del litoral. Querer “posicionar” Punta de Mita desde el glamour, mientras en la realidad se discute quién puede entrar, quién puede disfrutar la playa y bajo qué condiciones, no es sólo superficial: es una desconexión política severa.
El caso ha puesto a Francia Cortés en el ojo del huracán, no por haber sido modelo o reina de belleza, sino por la manera en que ha querido traducir ese perfil a un cargo público que exige más fondo que vitrina. Porque una dirección municipal de Turismo no debería parecer casting, ni una estrategia institucional debería depender del traje de baño de su titular. En Bahía de Banderas, el debate de fondo ya quedó abierto: si el municipio quiere una política turística seria o una campaña de promoción personal con presupuesto, cargo y sello oficial.
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