Puerto Vallarta es, sin duda, la joya de la corona del turismo mexicano. Presumimos hoteles de cinco diamantes, gastronomía que le compite a París y cruceros que parecen ciudades flotantes. Sin embargo, cuando se trata de espectáculos, nuestro destino tiene una visión muy «ecológica»: nos encanta que el público se fusione con la naturaleza… específicamente con la tierra, el polvo y el lodo.
Es fascinante y casi poético que, en pleno 2026, un destino con vuelos directos a todo Canadá y EE. UU. carezca de un miserable recinto techado o un estadio digno. Si quieres ver a tu artista favorito en Vallarta, más vale que lleves botas de trabajo y un cubrebocas, porque aquí la experiencia «VIP» incluye una exfoliación pulmonar gratuita cortesía de las polvaredas de los terrenos baldíos que rentamos como «explanadas».
Claro, los optimistas dirán: «¡Pero tenemos el Centro Internacional de Convenciones!». Sí, ese recinto que parece estar diseñado para jugar a las escondidas: está lejos de todo, el acceso es un laberinto y, para colmo, es pequeño. Es como querer meter un concierto de talla internacional en el garaje de una casa, pero cobrándote como si estuvieras en el Madison Square Garden. Sin gradas, sin acústica real y con un precio de renta que hace que los promotores salgan corriendo hacia Mazatlán o Querétaro antes de que puedan decir «preventa».
Aún recordamos con lágrimas en los ojos (y tierra en los dientes) el legendario concierto de Rammstein en 2018. Fue el momento cúspide de nuestra historia musical. ¿El escenario? Una explanada de tierra que hoy es un desarrollo inmobiliario más. Desde entonces, nuestra oferta de «conciertos de clase mundial» ha quedado reducida a ver qué artista de regional mexicano se anima a cantar entre las piedras, mientras el público se conforma con sillas de plástico y la esperanza de que no llueva.
Es triste, y raya en lo mediocre, ver cómo ciudades como Querétaro, Guanajuato, la ascendente Tulum, o incluso nuestro «primo» Mazatlán, nos dan clases de gestión. Ellos tienen estadios, auditorios y arenas donde la gente no tiene que salir bañada en tierra. Vallarta tiene el mercado, tiene el dinero de los extranjeros y tiene las ganas, pero lo que no tiene son autoridades interesadas en gestionar un peso para infraestructura cultural o deportiva.
Mientras otros destinos construyen estadios modernos y recintos icónicos, aquí parece que la máxima autoridad en planeación de eventos es el dueño de la última parcela que queda sin pavimentar.
Es una ironía digna de una comedia: tenemos el puerto para recibir los barcos más grandes del mundo, pero no tenemos un techo digno para que un artista internacional no se nos llene de polvo. Pero no se preocupen, siempre podremos presumirle al turista suizo que aquí, en Vallarta, el rock suena mejor si se baila sobre terracería o se escucha en un bar. ¡Ahí está el lienzo charro!