En una ciudad que vive del trabajo diario en la industria turística de miles de personas que se trasladan en camión a hoteles y restaurantes, Puerto Vallarta arrastra una omisión tan cotidiana como cruel: gran parte de sus paradas de autobús, especialmente en el Centro y sobre la avenida principal frente a la Zona Hotelera, no son realmente paradas dignas, sino apenas postes con señalización donde la gente debe esperar a la intemperie.
En días despejados, con temperaturas de entre 31 y 35 grados y una sensación térmica todavía más pesada sobre el asfalto, la escena se repite una y otra vez: trabajadores, familias, hasta niños que vienen y van de la escuela, sudando, cubriéndose como pueden, soportando el calor sin sombra, sin banca y sin una mínima protección. Y la mayoría de los autobuses aún no cuentan con aire acondicionado.
La afectación no es menor. Esperar de por sí los largos tiempos de 30 minutos en promedio para algunas rutas, o incluso más tiempo, bajo radiación solar directa no solo genera incomodidad, sino riesgos reales para la salud, desde agotamiento por calor y deshidratación hasta posibles golpes de calor, particularmente entre adultos mayores, personas con enfermedades previas, mujeres, trabajadores de jornada larga y usuarios que deben tomar más de un camión.
Lo grave es que no se trata de una emergencia inesperada, sino de una deficiencia urbana perfectamente visible desde hace años, normalizada por las autoridades y padecida a diario por la población que menos margen tiene para elegir otro medio de transporte.
El contraste resulta todavía más doloroso en una ciudad que presume vocación turística, inversión, imagen urbana y modernización, pero que no ha resuelto algo tan elemental como instalar paradas con techo para quienes sostienen buena parte de la actividad económica local.
Mientras se habla de movilidad, competitividad y transformación, la clase trabajadora sigue esperando el camión bajo el solazo, expuesta sobre banquetas calientes, a un costado de avenidas de alto flujo y frente a hoteles, comercios y corredores que dependen precisamente de esa mano de obra. No se necesita un megaproyecto para corregir esto; se necesita voluntad, sensibilidad y un poco de sentido común.
En el fondo, el abandono tiene también una lectura política que muchos parecen no querer entender. La mayoría de quienes usan estas paradas no lo hacen por gusto, sino por necesidad: son empleados, camaristas, meseros, cocineros, afanadores, vendedores, personal operativo, madres de familia y adultos mayores que forman parte de la base social que mueve a Puerto Vallarta y que también acude a votar. Bastaría que alguna autoridad asumiera seriamente la instalación de parabusos funcionales, con sombra y condiciones mínimas de dignidad, para conectar con una demanda real del pueblo trabajador. Pero hasta ahora ha predominado la indiferencia, como si nadie advirtiera que, bajo este calor inclemente, no solo se castiga el cuerpo de la gente: también se exhibe el tamaño del olvido oficial.
Pero al final no tiene porqué importarle a los políticos, ni a los empresarios dónde trabajan esas personas, pues ellos se trasladan en camionetas del año con aires acondicionados y chofer. Que injusta esa vida.
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