– «A mi patrón ya no le alcanza para tenernos, porque le subieron la renta en el restaurante»
El Malecón de Puerto Vallarta, durante años vendido como escaparate turístico, hoy enfrenta un deterioro económico y urbano que ya no puede maquillarse con discursos promocionales. En la franja comercial de Paseo Díaz Ordaz y sus alrededores comienzan a multiplicarse las señales de alarma: locales cerrados, anuncios de “se renta”, cambios de dueños y negocios que operan apenas tratando de resistir otro mes. Lo que por mucho tiempo fue uno de los corredores más codiciados del destino, hoy carga con una combinación cada vez más pesada de obras tardadas, temporadas flojas, rentas elevadas y costos operativos que están empujando al límite a decenas de empresarios.
El problema no surgió de un solo golpe. Primero vinieron las obras prolongadas, particularmente en la zona de Malecón II, que durante meses afectaron la movilidad, el paso peatonal y, en consecuencia, las ventas de numerosos establecimientos. Cuando esa afectación todavía no terminaba de absorberse, llegó una temporada turística por debajo de las expectativas y lejos de los niveles de otros años. A eso se sumó el encarecimiento de las rentas comerciales, que en varios casos ya se mueven entre los 50 mil y 80 mil pesos mensuales incluso en opciones consideradas de las más “baratas” para esa zona. El resultado es un desequilibrio cada vez más peligroso: vender menos, pagar más y sobrevivir con márgenes cada vez más estrechos.
Esa presión ya comenzó a sentirse puertas adentro. “Mi patrón nos dijo que hará todo por mantenernos, pero la verdad es que está dura la situación, nos dijo que tiene para pagarnos tres meses con rotaciones y sin horas extras, porque la renta le subió y las ventas le bajaron, lo entendemos pero sí afecta y así están varios amigos que también trabajan por aquí”, señaló un mesero de un conocido restaurante de mariscos ubicado sobre la franja del Malecón, quien pidió el anonimato. El testimonio retrata lo que empieza a extenderse como una preocupación real entre trabajadores y propietarios: el temor de que cualquier nuevo desbalance, por pequeño que parezca, termine por quebrar negocios que ya operan con lo justo.
La situación se vuelve todavía más delicada porque el problema económico no está aislado del deterioro del entorno. A la crisis comercial se le suma la percepción de abandono de un paseo que, lejos de reforzar su atractivo, arrastra signos visibles de descuido: malos olores en algunos puntos, infraestructura oxidada, saturación y ocupación desordenada del espacio, una imagen urbana desgastada y una experiencia cada vez menos competitiva frente a otros destinos. A esto se suma la falta de oxxos y kioskos que fueron quemados, la escasez de baños y también el abuso de taxistas de sitio que acosan sin supervisión. El Malecón sigue siendo icónico por su historia y ubicación, pero en los hechos ya no vende como antes ni sostiene por sí solo la promesa turística que durante años atrajo visitantes y justificó costos cada vez más altos.
Lo más preocupante es que, mientras se agrava la fragilidad de los negocios, no se observa una respuesta de fondo por parte de la autoridad municipal. No se percibe una estrategia seria para rescatar la zona, ordenar su funcionamiento, mejorar su imagen, aliviar cargas o incentivar la permanencia del comercio establecido. Por el contrario, los empresarios enfrentan más presión con aumentos en distintos rubros: recolección de basura con incrementos reportados de hasta 300 por ciento, licencias al alza, además del peso constante del agua, el predial y otras contribuciones. Si la ecuación sigue siendo cobrar más a negocios que cada vez venden menos, el riesgo ya no será solamente ver más cortinas abajo, sino convertir uno de los espacios más emblemáticos de Puerto Vallarta en una franja vacía, debilitada y sin la vida económica que durante décadas le dio sentido.
Pronto, el Malecón quedará abandonado a su suerte, reducido a un paseo donde nadie trabaja ni abre los brazos dando calidas bienvenidas, donde no se pueda comer ni beber, como tampoco recibir ningún servicio. Hoy cada vez hay mas cuadras vacías, cortinas metálicas 24 horas abajo que solo muestran la tristeza de los emprendedores que fracasaron, el egoísmo de los locatarios que prefieren no rentar a bajar sus tarifas, y la indiferencia de un Ayuntamiento al que también es hipócrita, porque dice estarle metiendo billete a las obras de «remodelación», pero para cuando las acaben, no quedará nadie que venda en estos lugares.
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