Durante su gira por Mismaloya, el gobernador de Jalisco, Pablo Lemus Navarro, lanzó un mensaje que, en el papel, suena optimista, pero en la práctica deja más preguntas que certezas: pidió hablar bien de Puerto Vallarta, evitar la “mala vibra” y apostar por una narrativa positiva para no ahuyentar al turismo. La idea, según dijo, es resaltar las bondades del destino para que los visitantes sigan llegando.
«Lo que tenemos que hacer todos es hablar bien de Puerto Vallarta, mostrar sus bondades. Esto es también algo que se contagia también a través de ustedes los medios de comunicación. Cuando hay mala vibra, cuando uno habla mal del caballo, pues olvídense. La gente no va a querer venir aquí. En cambio si somos propositivos, si hablamos bien de Puerto Vallarta, de lo que verdaderamente sucede aquí, los visitantes van a llegar», dijo textualmente.
El problema es que una cosa es promover un destino y otra muy distinta pretender que la realidad se maquille por decreto. Porque Puerto Vallarta no atraviesa precisamente un momento en el que baste con pedir entusiasmo colectivo para corregir lo que está a la vista. La ciudad carga problemas que no se resuelven con discursos motivacionales ni con llamados a la buena energía. Ahí están las calles deterioradas, la basura acumulada en distintos puntos, los cortes de agua, la presión sobre los servicios, la obra inconclusa del malecón, la imagen urbana lastimada y una sensación de desorden que termina por alcanzar incluso a la principal vitrina turística del municipio.
Bajo esa lógica, el planteamiento del gobernador resulta, cuando menos, cómodo: si se habla bien, vendrán turistas; si se habla mal, se espantan. Como si el problema central fuera el tono de la conversación y no el tamaño de los pendientes. Como si el deterioro desapareciera cerrando los ojos. Como si la crítica fuera más dañina que los baches, que la inseguridad, que la improvisación gubernamental o que la incapacidad de resolver servicios básicos en una ciudad que vive precisamente de su imagen.
Lo verdaderamente delicado del mensaje es que desliza una vieja tentación del poder: confundir la crítica con traición y la denuncia con mala voluntad. Pedir que no se “hable mal” de Vallarta suena menos a defensa del destino y más a incomodidad frente a lo que se exhibe. Pero el periodismo no está para repartir estampitas de promoción turística ni para convertirse en oficina alterna de relaciones públicas. Si una ciudad duele, se dice. Si una administración falla, se señala. Y si un destino tiene problemas estructurales, esconderlos solo garantiza que empeoren.
Además, el turista no necesita que un medio le cuente cuentos para descubrir la realidad. La encuentra solo. La pisa en las banquetas rotas, la espera en una fila, la sufre si falta el agua, la esquiva entre basura o la comenta cuando percibe abandono en zonas que deberían estar impecables. Pretender que todo se arregla hablando bonito subestima tanto a la ciudadanía como a los propios visitantes.
Puerto Vallarta sí tiene bondades, y muchas. Tiene paisaje, historia, vocación turística, talento humano y una fuerza económica que otras ciudades quisieran. Pero precisamente por eso merece algo más serio que un llamado a la autocontención del discurso público. Merece gobiernos que corrijan, administraciones que respondan y autoridades que entiendan que la mejor campaña de promoción sigue siendo una ciudad que funciona. Porque al final, hablar bien de Vallarta no debería ser una consigna. Debería ser una consecuencia.
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