El alcalde se dice egresado del CUC pero no le importa el riesgo que los estudiantes de ese plantel corren cuando deben cruzar sin semáforos
El crucero del Centro Universitario de la Costa, sobre la carretera 544, se ha convertido nuevamente en un símbolo de una falla básica de gobierno. A pesar de tratarse de uno de los puntos con mayor tránsito peatonal de la zona, particularmente por la presencia de cientos de estudiantes que diariamente deben cruzar la vialidad, los semáforos que deberían ordenar el flujo vehicular y proteger a los peatones siguen sin funcionar, exponiendo a quienes atraviesan la carretera a un riesgo constante de ser atropellados.
La situación ha generado cuestionamientos hacia la administración municipal encabezada por el alcalde Luis Ernesto Munguía González, a quien diversos sectores ciudadanos señalan por la incapacidad de resolver un problema tan elemental como la reparación de un sistema de semaforización en un punto crítico de la ciudad. Cada día, grupos de estudiantes se ven obligados a cruzar entre vehículos que avanzan a velocidad sobre la carretera, muchas veces sin tener claro en qué momento deben detenerse, precisamente porque el mecanismo que debería regular el tránsito permanece fuera de servicio.
El problema no es reciente. Meses antes de los hechos de violencia registrados el 22 de febrero en la ciudad, la regidora Melissa Madero ya había solicitado formalmente que se atendiera la reparación de estos semáforos ante el riesgo que representa para la comunidad universitaria. Sin embargo, el llamado no se tradujo en una solución concreta. Con el paso de las semanas, la demanda también ha sido reiterada por ciudadanos y usuarios de la vialidad que consideran inexplicable que un punto de esta importancia continúe sin la infraestructura mínima de seguridad vial.
Hasta ahora, la única respuesta del Ayuntamiento ha sido enviar por turnos a elementos de la policía vial para dirigir manualmente el tránsito. Esta medida, lejos de resolver el problema de fondo, traslada la dinámica del cruce al error humano. Los agentes deben colocarse en medio de la circulación para intentar ordenar el paso de los vehículos y permitir que los peatones crucen, exponiendo su propia integridad física mientras intentan compensar la ausencia de un sistema que debería funcionar de manera automática.
La escena cotidiana refleja el desorden: estudiantes que corren entre automóviles, conductores que dudan si deben detenerse o avanzar, y policías viales intentando controlar un flujo vehicular intenso en una carretera que conecta distintos puntos de la región. Lo que debería resolverse con un sistema de semáforos funcional se ha convertido en una improvisación permanente que mantiene en riesgo a peatones, conductores y a los propios elementos de tránsito.
El reclamo ciudadano se repite desde hace meses y, para muchos, evidencia una incapacidad administrativa preocupante: la de no poder resolver uno de los problemas más básicos de infraestructura urbana. En una ciudad que enfrenta retos complejos de movilidad y crecimiento, la imposibilidad de reparar unos semáforos en un cruce universitario se ha vuelto un ejemplo visible de la desconexión entre las necesidades cotidianas de la población y la respuesta del gobierno municipal. Mientras tanto, cada jornada escolar inicia con la misma escena: decenas de estudiantes enfrentando un cruce peligroso que la autoridad no ha logrado solucionar.
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