En El Pitillal ya no hace falta revisar el calendario para saber si pasó el camión de la basura o si volvió a fallar el drenaje: basta con salir a la calle y seguir el olor. Vecinos de esta delegación denuncian que desde hace varios días distintos puntos permanecen entre brotes de aguas residuales, encharcamientos pestilentes y acumulaciones de basura, mientras las soluciones del Ayuntamiento siguen sin aparecer.
Una de las vialidades señaladas es la avenida Lázaro Cárdenas, donde habitantes reportan escurrimientos provenientes de la red de drenaje que han terminado extendiéndose sobre la calle. El problema no sería únicamente visual: quienes viven, trabajan o transitan por la zona aseguran que el olor es intenso y constante, convirtiendo algunos tramos en un foco de insalubridad que nadie debería normalizar.
A esto se suma una recolección de residuos que, de acuerdo con las denuncias vecinales, ha sido irregular. Las bolsas empiezan siendo dos o tres y, con el paso de los días, terminan convertidas en pequeños “cerritos” de basura, como si en lugar de servicio de recolección el municipio hubiera inaugurado discretamente centros de transferencia en cada esquina.
La molestia entre habitantes va creciendo porque, aseguran, ni Servicios Públicos, ni las autoridades municipales, ni quienes políticamente presumen representar a El Pitillal han logrado ofrecer una solución definitiva. Tampoco el delegado ha conseguido frenar una situación que ya dejó de ser una simple molestia para convertirse en una cuestión de salud pública, imagen urbana y dignidad.
Y resulta especialmente grave porque El Pitillal no es cualquier rincón de Puerto Vallarta. Es uno de sus sectores más tradicionales, poblados y trabajadores; un corazón comercial y popular donde diariamente miles de personas salen a trabajar, llevan a sus hijos a la escuela, compran en los negocios de barrio y sostienen buena parte de la actividad cotidiana del municipio. Esa comunidad no merece caminar entre basura y aguas negras mientras desde el gobierno se habla de transformación, bienestar o calidad de los servicios.
La escena empieza a parecer más propia de una ciudad abandonada que de uno de los principales destinos turísticos del país: agua gris corriendo por las vialidades, residuos acumulándose junto a las viviendas y vecinos esquivando charcos cuyo origen preferirían no averiguar. Puerto Vallarta presume playas, hoteles y promoción internacional, pero unas cuadras tierra adentro El Pitillal enfrenta problemas elementales que deberían estar resueltos desde hace décadas.
Y no se trata solamente de que “se vea feo”. La Constitución mexicana, en su artículo 115, establece entre las responsabilidades municipales servicios como agua potable, drenaje, alcantarillado, tratamiento de aguas residuales, limpia, recolección, traslado y disposición de residuos. Es decir, mantener calles sin aguas negras y sin montones de basura no es un favor, ni una cortesía del Ayuntamiento: es parte de su obligación básica.
Por eso el reclamo de los vecinos es sencillo: que arreglen las fugas, atiendan el drenaje, retiren la basura y dejen de administrar la pestilencia como si fuera parte del paisaje urbano. Porque no es justo, no se vale y, sobre todo, es indigno que una comunidad histórica y trabajadora tenga que exigir algo tan elemental como poder salir de su casa sin encontrar basura acumulada o aguas residuales corriendo por la calle.
El Pitillal no necesita discursos. Necesita drenaje funcionando, recolección constante y funcionarios que recorran las calles no solamente cuando hay fotografía, campaña o evento público. La dignidad de una ciudad también se mide por lo que ocurre lejos del Malecón; y hoy, entre basura y aguas negras, El Pitillal está reclamando que alguien en el Ayuntamiento voltee a verlo.
Lo más irónico de todo, es que el presidente municipal de Puerto Vallarta, Luis Ernesto Munguía González, sí voltea a ver al Pitillal, pero para otra cosa: ha mandado a su partido, el Verde, a tapizar cada esquina de esta zona con lonas y murales políticos rumbo al 2027.
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