Mientras familias vallartenses han tenido que salir con cubetas, formarse en ojos de agua, almacenar lluvia e incluso recurrir a ríos y arroyos para poder bañarse o resolver las necesidades más elementales de sus hogares, el presidente municipal Luis Ernesto Munguía González continúa sin asumir públicamente el liderazgo político que demanda una crisis de esta magnitud.
La falta de agua entró este lunes 17 de agosto en una fase que difícilmente puede calificarse ya como un simple corte programado. La contingencia comenzó el miércoles 12 y alcanzó originalmente 142 colonias de la zona norte de Puerto Vallarta, equivalentes aproximadamente al 40 por ciento de las colonias de la ciudad. La empresa concesionaria de la Autopista Puerto Vallarta–Las Varas incumplió los tiempos previstos para realizar las interconexiones del Tanque San Francisco y obligó a extender por 36 horas adicionales los plazos anunciados inicialmente.
Este lunes hay testimonios de personas que, después de varios días sin una gota en sus viviendas, han recurrido literalmente a la lluvia y a ojos de agua para bañarse y llenar recipientes. En la colonia El Progreso se reportaron filas de vecinos para conseguir agua de una fuente natural, mientras otros habitantes fueron captados bañándose bajo la lluvia. La desesperación ha llegado al punto de que algunas personas discutían incluso la posibilidad de cooperarse para comprar una bomba con la cual extraer el líquido.
Y el clima tampoco concede tregua. Este lunes Puerto Vallarta registraba alrededor de 30 grados centígrados, en una región donde las altas temperaturas y humedad multiplican las necesidades de higiene e hidratación. Comerciantes y empresarios también han señalado que el calor agravó las condiciones durante el fin de semana.
Las pipas no alcanzaron para una crisis de 142 colonias
Otro de los puntos que requiere explicaciones es el operativo emergente.
Ante una afectación inicial de 142 colonias, SEAPAL anunció en una primera fase atención prioritaria mediante pipas únicamente para 39 colonias, principalmente en las partes altas de El Pitillal, Mojoneras y hospitales.
Naturalmente era imposible que unas cuantas unidades sustituyeran el suministro de una red que dejó sin servicio a una parte enorme de la ciudad.
Los reclamos comenzaron rápidamente. Habitantes exigían públicamente: “mínimo manden pipas”, mientras otros señalaban llevar cuatro o cinco días sin agua suficiente para higiene, niños, mascotas o actividades domésticas elementales.
La gravedad del problema queda demostrada por una imagen insólita para una ciudad turística como Puerto Vallarta: vecinos haciendo filas en ojos de agua y aprovechando aguaceros para bañarse mientras esperan que el servicio público regrese.
SEAPAL informó posteriormente que reforzó el operativo con tres pipas de 20 mil litros cada una, además de las unidades que ya estaban trabajando. Pero para ese momento la contingencia llevaba prácticamente una semana y todavía alrededor del 20 por ciento de las colonias permanecía afectado.
Hasta representantes empresariales criticaron la respuesta. El presidente de Coparmex Puerto Vallarta, Francisco Vizcaíno Rendón, consideró que faltó una distribución mediante pipas más constante, eficiente y planificada, además de señalar que negocios han tenido que contratar unidades particulares para poder continuar trabajando.
También han surgido cuestionamientos públicos sobre una aparente distribución discrecional de las pipas entre colonias. Resulta evidente es que el operativo disponible fue insuficiente frente al tamaño de la contingencia y que numerosos ciudadanos continuaron reclamando que las unidades simplemente no llegaban a sus zonas.
Mientras unos buscan agua en cubetas, el alcalde permanece lejos de la crisis
El contraste político es difícil de ignorar.
En 2022, una investigación periodística basada en información obtenida mediante transparencia y documentación de Catastro reportó que Luis Ernesto Munguía aparecía como propietario de un departamento en Las Amapas, una de las zonas residenciales de mayor plusvalía de Puerto Vallarta. La publicación cuestionó además que dicho inmueble no apareciera entonces en su declaración patrimonial.
Ese antecedente permite plantear un contraste legítimo entre las condiciones en que viven distintos sectores de la ciudad y la realidad cotidiana de miles de familias, hoy se sabe que posee más propiedades y condominios exclusivos, dónde bien puede refugiarse con agua disponible y aire acondicionado, mientras la ciudad se seca.
Y ni siquiera hace falta exagerar el contraste.
Mientras ciudadanos llenan cubetas debajo de la lluvia, algunos se bañan en patios con agua recolectada y otros acuden a ojos de agua, el alcalde dispone de las condiciones económicas que evidentemente no tiene una familia que depende exclusivamente de la llave de su vivienda y de una eventual pipa pública.
Ese es precisamente el problema político: la crisis no se vive igual desde todos los hogares.
La empresa falló, pero el gobierno también tenía que supervisar
SEAPAL ha insistido en que las maniobras que originaron la afectación fueron ejecutadas por un tercero. Y es correcto señalarlo: la concesionaria de la autopista incumplió los tiempos de conclusión.
Pero esa explicación no libera al Gobierno Municipal de su responsabilidad de prever, supervisar y preparar una contingencia proporcional al riesgo.
Las autoridades sabían previamente que las obras tocarían tuberías fundamentales para el abastecimiento del Tanque San Francisco y que una eventual interrupción alcanzaría al 40 por ciento de las colonias de Puerto Vallarta. Aun así, los trabajos se prolongaron hasta que SEAPAL tuvo que intervenir directamente y asumir acciones necesarias para concluirlos.
La pregunta entonces es elemental:
¿Quién supervisaba que una empresa privada cumpliera puntualmente los trabajos sobre una infraestructura de la que dependen decenas de miles de vallartenses?
No se trataba de una fuga imprevisible ocasionada durante la madrugada. Era una intervención conocida y programada sobre una línea estratégica.
La ciudad reclama y Munguía no da la cara
La molestia dejó de limitarse a comentarios en redes sociales.
En La Aurora, vecinos llegaron al extremo de quemar una lona del Partido Verde mientras exigían agua y otros servicios al gobierno de Munguía. La protesta ocurrió después de varios días de afectaciones y con habitantes cuestionando que hubiera propaganda política en las calles mientras sus casas seguían sin suministro.
Restaurantes también comenzaron a cerrar temporalmente por falta de agua, mientras otros negocios contrataron pipas privadas para poder operar.
En cualquier administración responsable, una contingencia de semejante dimensión tendría al presidente municipal encabezando diariamente la información pública: dando horarios, explicando errores, recorriendo colonias, exigiendo responsabilidades a la empresa y contestando directamente las preguntas de los afectados.
En cambio, Puerto Vallarta ha recibido principalmente comunicados técnicos de SEAPAL.
Y ahí está uno de los mayores reclamos contra Luis Ernesto Munguía González: cuando las cosas funcionan aparecen fotografías, recorridos, inauguraciones y discursos; cuando decenas de colonias entraron en una crisis sanitaria y doméstica por falta de agua, la voz política del presidente municipal prácticamente desapareció del centro de la emergencia.
No basta con decir que la culpa material fue de la empresa de la autopista.
Un gobierno también gobierna cuando tiene que supervisar a terceros. Gobierna cuando debe prepararse para el peor escenario. Gobierna cuando tiene que distribuir pipas suficientes. Y, sobre todo, gobierna cuando debe ponerse frente a ciudadanos desesperados y decirles qué ocurrió y cuándo se resolverá.
Hoy hay familias que llevan días preguntando algo tan elemental como:
“¿Cuándo va a regresar el agua?”
Y después de casi una semana de crisis, ni siquiera esa pregunta ha recibido para todos una respuesta certera.
Mientras tanto, el calor continúa, los tinacos permanecen vacíos en numerosas viviendas y Puerto Vallarta ofrece escenas que deberían avergonzar a cualquier administración: familias esperando una pipa, vecinos cargando cubetas y ciudadanos celebrando una tormenta porque, por unas horas, el cielo les proporciona el agua que su ciudad no pudo garantizarles.
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