El ataque de un cocodrilo contra un joven de 28 años en la zona de Marina Vallarta no sólo encendió una emergencia en la playa: también dejó al descubierto un vacío grave de prevención municipal. De acuerdo con los primeros reportes, el reptil habría sorprendido al masculino en tierra firme y lo habría arrastrado hacia el mar, en un punto cercano al campo de golf, donde desde hace años se sabe que existe presencia de cocodrilos por la cercanía con canales, áreas verdes y cuerpos de agua.
La tragedia obliga a mirar hacia quienes tenían la responsabilidad de anticiparse al riesgo. Protección Civil Municipal, a cargo de Misael Muro, y la Comisión de Protección Civil del Ayuntamiento, encabezada por la regidora Laurel Carrillo, quedan bajo cuestionamiento por la falta de medidas visibles en una zona turística sensible. En la playa de Marina no había guardavidas, no se mantenía una bandera morada que alertara sobre fauna peligrosa y la señalética disponible no alcanza para advertir con claridad a turistas y visitantes que caminan por una zona donde puede haber cocodrilos.
El punto crítico es que no se trata de un peligro desconocido ni de un hecho imposible de prever. Puerto Vallarta convive con cocodrilos en distintos corredores naturales, especialmente cerca de ríos, esteros, canales y desembocaduras. Justamente por eso, la autoridad municipal debía tener protocolos permanentes de monitoreo, avisos visibles, restricciones preventivas y presencia operativa en playas con antecedentes de avistamientos. La reacción después del ataque no sustituye la obligación de prevenir antes de que ocurra una desgracia.
El abandono preventivo no se limita a Marina Vallarta. Una situación parecida se observa en la playa del Holy, en la desembocadura del río Pitillal, y también en la desembocadura del río Cuale, donde bañistas, turistas y vecinos conviven con zonas de riesgo sin que exista una estrategia suficientemente clara de advertencia. En estos puntos, la señalización debería ser contundente, permanente y entendible para cualquier persona, no sólo para quienes ya conocen la dinámica natural de la ciudad.
Lo ocurrido exhibe una cadena de omisiones: falta de vigilancia, ausencia de guardavidas, poca señalética, nula pedagogía preventiva y escaso monitoreo visible en zonas donde la autoridad sabe que hay riesgo. El cocodrilo no invade la ciudad; se mueve en su hábitat. Quienes fallan son las instituciones cuando permiten que turistas y habitantes transiten sin información suficiente en áreas donde una advertencia clara puede marcar la diferencia entre la prevención y la tragedia.
Ahora el gobierno municipal debe responder con hechos, no con comunicados tardíos. Protección Civil y la Comisión edilicia correspondiente tienen que explicar qué protocolos estaban activos en Marina Vallarta, cuándo fue el último monitoreo en esa zona, por qué no había bandera morada, por qué no había guardavidas y cuántas señales preventivas existen realmente en playas con presencia de cocodrilos. Porque cuando una tragedia ocurre en un punto de riesgo conocido, la omisión también se vuelve parte de la noticia.
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