Bahía de Banderas se queda a medio camino mientras Héctor Santana decide adelantar su carrera por la gubernatura de Nayarit. El alcalde solicitará licencia para separarse del cargo y meterse de lleno a la contienda interna de Morena, una decisión legal, sí, pero políticamente cuestionable: deja el Ayuntamiento antes de cerrar los temas más delicados de su administración y sin haber rendido cuentas claras sobre asuntos que siguen doliendo en la vida pública del municipio.
La salida está prevista para abrir paso a José Israel Santillán Castañeda, actual secretario general del Ayuntamiento (y amigo suyo que h solapado todas sus acciones) y suplente de Santana, quien asumiría como alcalde interino. A su vez, la Secretaría General quedaría vacante y la propuesta impulsada desde el propio grupo santanista apunta hacia Ciola Edith Arévalo Rodríguez, una de las funcionarias más criticadas, polémicas y señaladas dentro del Gobierno Municipal, particularmente por el pésimo manejo de la comunicación política, manejo de crisis y además ‘reventar’ lls vínculos de trabajo dentro de una administración que ha tenido más propaganda que explicaciones.
La eventual llegada de Ciola Edith a la Secretaría General no representa una corrección de rumbo, sino la confirmación de un estilo: en vez de evaluar con seriedad a los perfiles cuestionados, remover a quienes no han dado resultados o profesionalizar áreas sensibles, el grupo gobernante prefiere reacomodar piezas cercanas, acomodándose en una sistemática rotación todos los ‘cuates’ de Santana. En Bahía de Banderas, el intercambio de funcionarios en sus dependencias se han vuelto parte del paisaje político, pero no necesariamente han significado mejores servicios, mayor eficiencia ni más claridad frente a la ciudadanía. Al contrario: las constantes entrega-recepciones dinamitan el trabajo de cada instancia.
El caso más incómodo que Santana deja sin resolver es Playa Las Cocinas, en Punta de Mita. La controversia por el muro de rocas, la defensa del acceso público, la complicidad en la persecución policial de las protestas y las acusaciones contra activistas se convirtieron en uno de los episodios más delicados de su gobierno. Aun así, el alcalde nunca dio una explicación suficientemente clara, frontal y convincente sobre el papel ausente de su administración. La obra avanzó, la indignación social creció y el Ayuntamiento pareció apostar al cansancio ciudadano, al paso de los días y finalmente al olvido.
Esa falta de respuesta pesa todavía más porque el reclamo de Playa Las Cocinas no fue un capricho ni un pleito menor. Se trató de la defensa de una playa, del acceso público y de la obligación de las autoridades de garantizar que ningún interés privado se imponga sobre bienes nacionales. En lugar de encabezar una postura firme, Santana se quedó en la ambigüedad: ni enfrentó con contundencia el problema, ni explicó con transparencia qué hizo su gobierno, ni asumió responsabilidades políticas. Ahora este caso será un peso muerto del tamaño de la bahía que el aún presidente municipal cargará consigo.
Mientras ese expediente sigue abierto en la memoria pública, Santana se lanza a una competencia estatal marcada por guerra sucia, ataques digitales, encuestas convenientes, campañas disfrazadas y promoción adelantada. El alcalde ha denunciado ataques en su contra, pero también se mueve dentro de una contienda donde operan narrativas de ataque hacia a otros que claramente lo favorecen y lo colocan artificialmente como aspirante fuerte antes de que exista una definición real. No se puede denunciar la guerra sucia sólo cuando golpea; también debe cuestionarse cuando beneficia.
Hay que recordar que su licencia es más símbólica, porque en realidad hace mucho que abandonó su presencia en Bahía de Banderas, pues mientras el municipio se queda sin agua, sin luz, la inseguridad aumenta y las vialidades requieren atención urgente, Santana ha estado viajando a diferentes municipios de Nayarit par hacer actos anticipados de campaña.
La administración santanista, además, ha construido buena parte de su imagen alrededor de la persona del alcalde. Eventos, regalos, celebraciones, fotografías, convivios y gestos frívolos en torno a la figura de Héctor, han servido para alimentar una narrativa artificial de cercanía, pero no siempre para resolver los problemas de fondo. Bahía de Banderas no necesita un gobierno que se promocione repartiendo cosas; necesita resultados en servicios públicos, orden urbano, seguridad, protección ambiental, transparencia y defensa real de sus playas.
La apuesta por la gubernatura también revela un cálculo político arriesgado. Santana quiere competir por todo Nayarit cuando todavía hay dudas sobre la solidez de su propio proyecto en Bahía de Banderas. Incluso podría enfrentar una elección municipal complicada si buscara la reelección, porque ya hay actores locales que han levantado la mano y porque el desgaste de su gobierno no es menor. Querer saltar a la gubernatura sin tener completamente amarrado el respaldo de su municipio puede convertirse en una lectura equivocada de su verdadera fuerza.
Héctor Santana tendrá, además, férrea competencia. No llega solo a la pista ni con el camino despejado. En Morena y en el bloque político de la 4T hay perfiles que también aspiran, que tienen estructura, presencia mediática, respaldo territorial o mejores condiciones para disputar la candidatura. La separación del cargo no le garantiza ventaja; apenas lo mete formalmente a una batalla donde tendrá que demostrar que no sólo sabe hacer campaña desde el poder municipal, sino resistir el escrutinio estatal.
El 21 de junio será una fecha clave para quienes busquen registrarse en la convocatoria y entrar de lleno a la contienda. Ese día marcará el arranque real de una disputa donde Santana intentará presentarse como opción competitiva, aunque cargando con los pendientes de Bahía de Banderas, con el caso Playa Las Cocinas sin aclarar, con una administración cuestionada por su comunicación y con un gabinete que se mueve más por lealtades internas que por resultados medibles.
Bahía de Banderas votó por un alcalde, no por un aspirante permanente a la gubernatura. La licencia puede cumplir con la formalidad legal, pero no borra la crítica política: Santana abandona sus funciones en un momento donde todavía debía explicaciones. Se va a buscar una candidatura mientras su municipio se queda con dudas, expedientes abiertos y un gobierno reacomodado para cuidar el proyecto del grupo, no necesariamente para atender mejor a la ciudadanía.
La pregunta de fondo es simple: si Héctor Santana no ha terminado de responderle a Bahía de Banderas, ¿por qué pretende pedirle confianza a todo Nayarit?