La escena habla antes que cualquier discurso: sillas vacías, suelo mojado, tierra convertida en lodo, una carpa que no termina de sentirse como fiesta mundialista y una domósfera que luce más en fotografía que en convocatoria real. Así se ha visto, durante los primeros días del Mundial, el proyecto Jalisco Vibra en Puerto Vallarta, una apuesta pública que nació con promesa de atractivo turístico, pero que hoy carga con una pregunta difícil: ¿valía la pena gastar tanto en algo que casi nadie está usando?
El dato es el centro de la polémica. Miguel Andrés Hernández, Subdirector de Turismo Estatal de Jalisco, confirmó que el costo total de la obra y su operación ronda los 60 millones de pesos. La cifra pesa más cuando se mira alrededor: Puerto Vallarta no vive precisamente sobrado de infraestructura, ni de calles dignas, ni de servicios públicos impecables. En una ciudad con baches, vialidades de tierra, basura acumulada, colonias que se inundan, fugas, drenajes rebasados y necesidades turísticas urgentes, destinar esa cantidad a una estructura temporal exige resultados claros. Y esos resultados, por ahora, no se ven.
El proyecto fue presentado como una forma de insertar a Vallarta en la conversación mundialista: pantalla, transmisiones, área de convivencia, bebidas, alimentos, domósfera, luces, espectáculos y una agenda cultural alrededor del futbol. Pero la realidad no ha acompañado el tamaño del anuncio. Más allá del primer partido de México contra Sudáfrica, cuando hubo mayor movimiento aunque el sitio todavía estaba incompleto, las jornadas posteriores han dejado una imagen pobre: partidos transmitidos sin público suficiente y tardes en las que el espacio parece esperar a una afición que nunca llega.
No se trata solo de que haya poca gente. El problema es que el proyecto no parece haber sido pensado con lógica local. Montar un espacio de este tipo en plena temporada de lluvias sin resolver completamente el tránsito interno, el piso, los accesos y la protección contra el agua es una falla elemental. Cuando llueve, el terreno se vuelve lodoso; caminar fuera de la carpa principal implica ensuciarse, mojarse o rodear charcos. Para una inversión de 60 millones de pesos, resulta absurdo que el usuario termine enfrentándose a un problema tan básico.
La domósfera puede ser llamativa por la noche. Las proyecciones de luz dan material visual y seguramente sirven para la fotografía institucional. Pero una estructura vistosa no equivale a un proyecto exitoso. Si no hay asistencia constante, si los turistas no saben que existe, si los horarios no están claros y si la gente no entiende qué actividades son gratuitas o cuáles tendrán costo, el atractivo se queda a medias. La luz puede llamar la atención un momento; lo que sostiene un proyecto es la planeación.
El Jalisco Vibra también llegó con un problema de comunicación. No se socializó con suficiente fuerza, no se volvió conversación en hoteles, restaurantes, agencias, aeropuerto ni puntos de llegada, y tampoco se percibe como parte de una estrategia robusta para atraer turismo mundialista. En las calles de Puerto Vallarta no se observa una llegada importante de visitantes motivados por el Mundial, y mucho menos una ruta clara para que este espacio genere derrama económica real.
La inauguración formal tampoco logró disipar las dudas. Hubo funcionarios, empresarios, prensa, invitados y corte de listón; pero una inauguración con protocolo no sustituye la apropiación ciudadana. Llenar la foto de apertura es una cosa. Lograr que la gente vuelva al día siguiente, que se siente a ver partidos, que consuma, que recomiende el lugar y que lo convierta en punto de encuentro, es otra muy distinta. Ahí es donde el proyecto está quedando corto.
Mientras tanto, la ciudad sigue mostrando necesidades más urgentes y visibles. Hay colonias donde el pavimento es una promesa pendiente, calles que se despedazan con la lluvia, basura que se acumula en puntos críticos, escurrimientos que complican la movilidad y zonas turísticas que requieren mantenimiento, promoción y orden. Con 60 millones de pesos pudo construirse una campaña de promoción más agresiva, atender infraestructura básica, mejorar accesos, intervenir vialidades o reforzar servicios públicos. La comparación es inevitable porque el dinero público siempre obliga a elegir.
La crítica no es contra organizar eventos ni contra aprovechar el Mundial. Puerto Vallarta necesita movimiento, necesita promoción y necesita propuestas que generen actividad económica. Pero justamente por eso no se puede improvisar. Un proyecto turístico debe estar bien comunicado, bien ubicado, bien acondicionado y bien conectado con quienes supuestamente lo van a usar. Si no, se convierte en una estructura cara que depende de conciertos aislados para aparentar éxito.
Es posible que alguna presentación artística llene el espacio por una noche. Es posible que la domósfera dé buenas imágenes con luces y música. Pero eso no responde la pregunta de fondo: ¿qué beneficio real está dejando Jalisco Vibra a Puerto Vallarta frente al tamaño de su costo? Porque una inversión de 60 millones de pesos no puede justificarse solo con una noche bonita ni con una agenda confusa.
Hasta ahora, el proyecto parece más grande en presupuesto que en impacto. Fue anunciado como una apuesta para poner a Vallarta en el Mundial, pero en la práctica se ve como un sitio mal resuelto para la lluvia, débilmente promovido y con poca asistencia. En una ciudad con tantas carencias, la imagen de una carpa lodosa y una domósfera vacía no es un detalle menor: es el retrato de una decisión pública que todavía no logra explicar por qué costó tanto y para quién fue realmente pensada.
Mientras tanto, más negocios siguen quebrando y cerrando en pleno verano con una temporada baja prematura y difícil, y el Malecón está en obra negra. Al poco turismo que llega, le da igual sie existe o no una domósfera o no.
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